La adorable Bakú

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Por María Angélica Aparicio P.

Hay que conocer lejanos rincones del mundo. Escoger un rincón deseable para visitarlo durante un mes. Los antiguos territorios invadidos por la Unión Soviética en el continente asiático apetecían por su historia. Llamaba la atención la República de Azerbaiyán, pequeña y desconocida, con un pasado particular y un porvenir exitoso.

Rodeada por las aguas del mar Caspio, pero alejada de los grandes océanos, Azerbaiyán se abre de par en par como una perspectiva fabulosa para los turistas internacionales. Busca conectarse mejor con el planeta. Bajo esta idea vital, da la bienvenida a gente curiosa, dinámica, atenta, que respete sus normas y sus monumentos, que goce las estrellas y sus noches de paz.

Su capital y sus pueblos causan pasión por su arquitectura, su urbanismo, la exagerada limpieza de sus calles, la sensación de seguridad absoluta. Reconfortante encontrar un país alejado de la violencia.

Su capital, Bakú, es el ejemplo de la ciudad donde todas las razas humanas apostaríamos por vivir; una urbe habitada por ciudadanos que cuidan del patrimonio cultural que se ha construido para todos. Aquí se ha combinado la arquitectura antigua con la moderna desarrollando gusto por el diseño de las fachadas. Los edificios de pocos pisos y los rascacielos se mezclan estéticamente y de manera equilibrada en calles muy bien adoquinadas. Mi ponderación por la pureza y el desarrollo. Mis elogios y mi envidia más profunda.

Bakú estuvo, durante muchos años, bajo la pupila de los soviéticos. Parte del progreso infraestructural es obra de estos colosos, amantes del orden, del aseo, de las reglas estrictas. Desde 1991 hasta nuestros días, el modernismo es responsabilidad de los mismos azerbaiyanos quienes, movidos por el crecimiento y el empuje, se han esforzado por brindar calidad de vida a sus nativos y a los extranjeros que vienen de paso.

¿Qué visitar en Bakú? Solo con salir del hotel y ver las construcciones, el turista se queda tan tieso como una paleta ensartada en un palo de madera. Hermosa ciudad en cualquiera de sus costados. Una ciudad con altura en este planeta de altibajos. Magnífica. De retener en la memoria mental y en los celulares.

Las ventanas de los edificios, las calles, los parques, los museos, la misma Universidad Estatal -la primera levantada en el Medio Oriente- son cortos ejemplos del espectáculo que puede apreciarse en materia de diseño y cuidado urbano. No se necesita un edificio pomposo para triunfar. Se requiere pintura y mantenimiento. Demanda tumbar y rehabilitar entornos sucios, olorosos y mohosos. Se trata de un trabajo de conciencia colectiva para sentir progreso.

Bajo el gobierno de los soviéticos, se dio fuerza en Bakú a la construcción del metro, un proyecto gigante para el escaso tamaño de la ciudad y el número de pobladores. Sin embargo, se levantaron veintisiete estaciones donde hoy se mueven trenes de colores vivos, modernos y rápidos. Las estaciones están decoradas con mosaicos que brillan a toda hora; con esculturas y bajorrelieves que posan como adornos intocables de un museo.

¡Dios qué ciudad! Qué ciudad escondida para todos. Caminarla entrecorta la respiración. No es el lujo de ciudades como Tokio o Nueva York. Es el culto por la limpieza a lo largo y ancho de Bakú, de sus pueblos y ciudades internas. El culto también por lo bonito, por el buen gusto, sin hablar de una arquitectura derrochadora en términos de costo por las ganancias petroleras que recibe el país. Es el culto por esa inversión que combina calidad, cultura ciudadana y belleza.

En Bakú, visitar el Palacio de los Shirvan Hás es revivificar las ideas fantásticas que tuvo su arquitecto. Construido en piedra, fue la residencia de tres de sus más importantes representantes, quienes gobernaron el país durante setecientos años. El palacio, con todas sus dependencias antiguas y sus cúpulas, se mantiene en pie, inmaculado y sin grafitis, abierto al examen de los turistas que arriban al país.

Como toda ciudad que valore sus tradiciones, el Museo de la Alfombra de Bakú es único en su temática. Exhibe las alfombras azeríes más asombrosas del país, verdaderas obras maestras de la manufactura musulmana, que datan de los siglos XVII en adelante. Junto a estos tapetes hay elementos en cerámica y joyas de la Edad de Bronce que hacen del museo un sitio inigualable.

Técnicas, tejidos y figuras sobresalen en los tapetes del museo. Ya son Patrimonio Inmaterial de la UNESCO por su gran valor artístico. Examinar cada pieza produce admiración, profundidad, suspiros entrelazados, ganas de aprender el arte para multiplicarlo en grande. Muchos de estos tapetes se han mostrado en otros países con el ánimo de hacer visible este arte nacional.

Salir del museo nos invita a recorrer las Torres Flame, los rascacielos envidiables de Bakú. Son construcciones de la era moderna que parecen las llamas encendidas de una vela. Forman tres edificios novedosos donde se puede vivir y hospedarse, si apetece ser huésped de la ciudad. Las torres se hallan a una distancia considerable de la zona antigua y amurallada, creando, para citadinos y extranjeros, un paisaje prodigioso.

La infraestructura que se ha levantado durante años -por nativos y bajo el dominio soviético-, enaltece de noche a Bakú. Las Torres Flame se alumbran con decenas de bombillas, como también el palacio de los Shirvan Há Hs, la muralla de piedra, el Bulevar por las orillas del mar Caspio y todo lo que conforma su arquitectura.

Las noches alumbradas con bombillos, -de lunes a domingo- permiten que la gente salga a la calle a la hora que desee. Los ciudadanos pueden hacer bulla, caminar, llenar los restaurantes, desplazarse en parejas por el bulevar, reír o bailar. No importa el día ni la hora. La ciudad es un remanso de paz bajo el espíritu fraterno que arraigan estos creyentes musulmanes, y bajo la vigilancia, también, de las innumerables cámaras de seguridad que se han puesto en cada tramo de la ciudad.