Por Diego García, M.D.
A lo largo de la vida tenemos diferentes metas; nacen como un sueño y van cambiando a medida que crecemos. Cuando pensamos en ellas, tenemos fuerza, nos llenamos de ilusión y sentimos que somos capaces de alcanzarlas, sobre todo cuando terminamos un ciclo —ya sea el inicio de un año, casarse o salir de una relación,—, nos decimos: “Esta vez sí lo voy a hacer, lo voy a lograr”. Entonces, ¿por qué no se hace realidad? Porque hay algo que no tenemos en cuenta: no nos preparamos para el camino que hay que recorrer; solo pensamos en el fin, en la meta.
Pensar en el camino que hay que recorrer nos permite trazar un plan; es ver el paso a paso que debemos dar para lograr nuestro objetivo. Ese camino, si bien tiene un inicio, no se trata de empezarlo y ya, como sería pagar la inscripción al gimnasio o al curso de inglés; se trata de prepararnos mentalmente para los retos del camino. Si no lo hacemos, la motivación desaparece y terminamos abandonando nuestra meta ante la primera dificultad. Así, el sueño termina convirtiéndose en una pesadilla que nos atormenta constantemente: es un recordatorio de las experiencias anteriores; sentimos que somos incapaces y perdemos la creencia en nosotros mismos.
Para recuperar la motivación, debemos recuperar la confianza en nosotros, dejar de pensar que somos débiles o que no somos lo suficientemente buenos. Para lograr eso debemos enfrentar el miedo, que se disfraza y se esconde en nuestra mente, y terminamos pensando: “eso no va a pasar”, “¿eso para qué, si todo sale mal?”, “no voy a ser capaz”.
El miedo está en lo desconocido, en la incertidumbre. Una estrategia para vencer ese temor es detallar nuestros sueños. No es un simple “queremos lograr algo”; es pensar en cómo lo queremos y cómo vamos a hacer para lograrlo. Esto permite que hagamos un recorrido en nuestra mente del camino que debemos recorrer, entendiendo que, si bien no es sencillo y está lleno de dificultades, con cada pequeña victoria sobre esos obstáculos no solo nos acercamos a nuestras metas, sino que nos permite ver de lo que realmente somos capaces de hacer; vamos venciendo nuestros miedos y recuperando nuestra confianza.
Esa meta, cada vez más pulida y más detallada, se convierte en un faro como el que guía un barco. Se ve una pequeña luz a lo lejos que nos indica por dónde es el camino. No importa si es de día, de noche o si hay tormenta: ahí sigue. Eso es lo que necesitamos para mantener la motivación a pesar de las vivencias diarias.
Ahora bien, por más que queramos tener la vista puesta en ese sueño, no debemos dejar de mirar el camino que vamos recorriendo. El barco, siguiendo el ejemplo, tiene que ir observando qué posibles peligros se acercan. Si somos ese barco, eso nos permite anticiparnos y poder tomar decisiones: o nos detenemos un momento o desviamos la ruta hacia un camino más seguro. Todo depende de la situación, pero el faro siempre está como guía, por si nos perdemos, para poder retomar el camino.
Así mismo ocurre con nuestros sueños: tenemos dificultades diarias; el niño que no dejó dormir en la noche, el problema en el trabajo, el carro se varó… En fin, son cosas que pasan. Y es cómo respondemos ante esas situaciones lo que nos va a llevar a alcanzar nuestras metas.
Ante esas dificultades debemos utilizar nuestra imaginación; aunque ésta a veces se sale de control, ya que podemos imaginar cosas irreales o peligros que no existen, lo que nos hace volver al miedo y a la desconfianza. Entonces aparece la ansiedad: queremos que todo pase ya, como queremos, y obviamente eso nunca será así. La vida no es predecible al 100 %; no podemos controlarlo todo.
La imaginación es como un barco y nosotros somos quienes lo manejamos. Llevémosla por donde queramos, retomemos el rumbo cuantas veces sea necesario. ¿Cuántas veces en el día a día sentimos que no podemos, que hasta aquí llegamos? Recordemos que el mejor capitán no se hace en la playa o en la calma, sino en la tormenta.
El miedo también nos lleva a una situación riesgosa: la parálisis. Aquí debemos aprender a diferenciar entre quedarnos paralizados o tener calma. La primera no nos lleva a ningún lugar; antes puede empeorar la situación. La segunda nos permite ver las cosas con otros ojos, con más opciones. Es como el texto bíblico de Mateo 8:23-27, cuando Jesús, en medio de la tormenta, estaba en calma, demostrando el poder de su fe.
La meta no lo es todo: es el resultado del proceso; es aprender a disfrutar el camino, con lo bonito y con los retos, porque al final llegaremos a esa meta convertidos en mejores personas, conociendo y desarrollando nuevas habilidades gracias al poder transformador que tiene en nosotros el hecho de superar día tras día los obstáculos que simplemente sacarán lo mejor de nosotros.
“Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo ten paciencia contigo mismo”
San francisco de Sales



