Por Gilberto Castillo, miembro de la Academia de Historia de Bogotá

Seguramente muy pocos han oído hablar de la hazaña épica de Vasco Núñez de Balboa quien el 25 de septiembre de 1513 descubrió el Mar del Sur.
Fue muy importante, porque con este avistamiento, los europeos, -que se creían los únicos habitantes civilizados de la tierra-, terminaron de completar el mundo y sin importar la geopolítica de entonces y mucho menos si eran amigos o enemigos de España celebraron por igual lo ocurrido sobre el territorio panameño.
Hasta el papa Julio II, cantó varios Tedeums en honor a Balboa quien desgraciadamente de héroe pasó a ser un ajusticiado miserable por su propio suegro Pedrarias Dávila, apodado: Ira de Dios, y nombrado gobernador de Santa María la Antigua del Darién, fundada en 1510 por el mismo Vasco Núñez.
Si no han oído hablar de la hazaña de este descubrimiento, mucho menos de Leoncico, la mascota de Balboa, un perro alano español cruzado con mastín y dogo africano, descendiente de los llamados perros de guerra utilizados por los ejércitos españoles para ir contra sus enemigos en Europa y obviamente contra los indígenas en América.
No eran muy grandes, pero sí muy fuertes y muy fieros, entrenados para saltar a la yugular de los enemigos o para castrarlos de un mordisco. En su defensa se debe decir que de no haber sido entrenados para apoyar la ambición y la crueldad humana, hubieran sido mascotas muy cariñosas y mansas para cuidar niños.
Había nacido Leoncito en la gran perrera del conquistador Ponce de León en Santo Domingo y era hijo de Becerrillo, no menos famoso que su hijo, precisamente por descuartizar indios al cual más y por haber participado de manera eficaz en la conquista de Puerto Rico.
Cuentan los cronistas que los indígenas les tenían tanto pavor que preferían tener al frente cien españoles, y que tanto en Puerto Rico como en Centroamérica (Santa María la Antigua del Darién y sus alrededores), le pusieron precio a su cabeza.
Además de su fiereza, los dos tenían una cualidad especial para diferenciar indios bravos de indios mansos. Y fueron tan importantes para la causa española que recibían la misma paga de un soldado de conquista.
No pasa inadvertido en la historia un hecho que sorprendió a los crueles soldados españoles y le hizo sufrir una reprimenda de parte del Gobernador Ponce de León a su capitán Guillarte de Salazar. Ponce de León fue quien además de riqueza y poder buscó la fuente de la eterna juventud por Bimini y la Florida para curar su impotencia sexual.
Cuentan que a Guilarte lo mandó a una misión en algún lugar de Puerto Rico y este, que andaba con Becerrillo, para entretener a sus soldados le entregó una carta a una anciana india para que se la llevara a un sacerdote.
Cuando la anciana estaba a tiro de ballesta azuzó a Becerrillo para que la alcanzara y la despedazara. La india horrorizada se volvió hacia donde la perseguía el animal y de rodillas levantando la carta y con las manos puestas le pidió que no la atacara.
La fiera, se detuvo en seco, la olfateó, la lamió con cariño y giró hacia Salazar y sus amigos como advirtiendo defenderla si alguien la acosaba. El cachorro llegó a manos de Balboa por un regalo que le hiciera su amigo Ponce de León, y él, en reciprocidad lo bautizó Leoncico.
No era tan grande como Becerrillo, pero si muy musculoso y fuerte; y al igual que su padre de color bermejo, pelo corto y hocico negro, mediano y no alindado. Como Becerrillo, estaba lleno de cicatrices por las heridas en combate y por eso a los dos les ponían unas colchas espaciales con las insignias de España y Castilla para defenderlos de las flechas envenenadas.
Desde cachorro acompañó a su amo en aventuras y desventuras. Cuando Balboa debió huir de la isla de Santo Domingo por deudas se escondió con su perro dentro de un barril de pólvora y le ofreció a Bartolomé Hurtado, encargado de la bodega, el 40% de lo que consiguiera en tierra firme a cambio de que le permitirá meterse allí con su mascota.
Al ser descubiertos, se puso al lado de su amo y la fiereza mostrada fue una de las consideraciones para no ser arrojadas al mar por la borda, castigo que se le aplicaba a los polizones.
Pero además de ir al frente de los soldados españoles olfateando el peligro y despedazando indios en combate, fue el gran defensor de la integridad de Anayansi la joven india que amó Balboa mientras estuvo con vida en Panamá, sobre todo en Acla, donde murió degollado.
Permanecía cerca de la mujer y la defendía de los avances que a hurtadillas de Vasco Núñez le hacía el malacaroso Rodrigo Garavito.
Fue tanto el odio que Garavito le tuvo que se dio mañas de envenenarlo meses antes de la muerte de Balboa.
Becerrillo por su parte, murió por una flecha envenenada que lo alcanzó fuera de la colcha durante un asalto de los indígenas a una hacienda de su amo.



