Barranquilla se caracterizaba por ser un territorio tranquilo, de conversaciones tranquilas a la puerta de las casas y en los escenarios públicos. La ciudad fue creciendo desprevenidamente, en medio del dinámico movimiento de su economía por la actividad industrial y comercial alrededor del desarrollo portuario, a pesar de las limitaciones de navegación en el canal de acceso.
Por Jorge Medina Rendón Redacción La Gran Noticia
Entre 1960 y 1992 la ciudad vivió episodios de progreso, pero a finales de los 70 y durante la década de los 80, fue enfático el deterioro de los servicios públicos y el disparo de la cifra poblacional producto de por lo menos 56 barrios informales en la zona suroccidental a raíz de la migración de las zonas cultivadoras de algodón y otros productos en Cesar, Córdoba, Magdalena y Sucre, así como los factores de violencia en el Magdalena Medio.
La falta de planeación urbana quedó en evidencia y la politiquería oportunista hizo fiesta en los terrenos susceptibles de invasión. Hubo momentos de gran desesperación social pero la seguridad aún se mantenía bajo control de las autoridades.
La influencia de la bonanza marimbera, el auge posterior de la cocaína y otras sustancias, entregaron su recado de muerte e inseguridad. El denominado remanso de paz empezó a dejar de serlo.
El nuevo siglo empezó alegre pero se fue tiñendo de luto
Durante años, Barranquilla se vendió como ciudad alegre, carnavalera, un tesoro de armonía y convivencia pacífica en el Caribe colombiano. Iniciado el Siglo XXI esa imagen empezó a resquebrajarse.
Tras la desmovilización paramilitar, la creación de ciertas células urbanas de la guerrilla y el surgimiento de bandas juveniles, nuevos grupos se disputaban el microtráfico y el control de los barrios. Luego llegaron la extorsión y los pagadiarios.
Sin duda, el miedo se volvió parte del paisaje cotidiano. Enfrentamientos, fleteo, asesinatos, y una poderosa forma de sicariato metropolitano que comenzó a ejecutar venganzas entre sectores de la mafia que se alojaban en exclusivas zona de la ciudad. Varias masacres lo corroboran.

La pregunta clave
En ese contexto, sucesivos alcaldes seguían viendo el tema de la seguridad como un asunto exclusivo de la Policía Nacional. La Alcaldía Distrital debía ocuparse de las obras, la Gobernación del Atlántico de los municipios y del desarrollo departamental.
Mientras tanto, los homicidios, las extorsiones, y las pandillas crecían en paralelo. Fue ahí cuando Guillermo Polo Carbonell, como secretario del Interior del primer gobierno de Alex Char, empezó a hacerse una pregunta incómoda: ¿Qué pasa si la seguridad implica también una responsabilidad directa de los gobiernos locales?
Guillermo Polo Carbonell, exsecretario del Interior de la Alcaldía de Barranquilla y de la Gobernación del Atlántico, abogado de profesión, conocedor de la importancia de un política pública de derechos humanos, uno de los convencidos de la importancia del trabajo con Protransparencia para modernización de la justicia y el descongestionamiento de los despachos judiciales, y ahora asesor de despacho en el tercer mandato de Alex Char, cree firmemente que la seguridad “dejó de ser un problema de otros”.
Polo Carbonell recuerda reuniones con mandatarios que reclamaban por qué tenían que pagar gasolina para patrullas o apoyar a la justicia, como si aquello no fuera parte de su misión. La tradición era ver la seguridad como algo lejano, “solo de la Policía”, y no como un servicio público que debía garantizar la ciudad.

La realidad obligaba a cambiar de mentalidad
El tiempo demostraba que la realidad era otra. El país cambiaba, las estructuras criminales se sofisticaban y las entidades territoriales ya no podían lavarse las manos.
De ese choque nació lo que Guillermo Polo Carbonell considera el primer gran quiebre de su gestión: formular, desde Barranquilla, la primera política pública de seguridad ciudadana hecha por una entidad territorial en Colombia, con la asesoría de Hugo Acero. Años después, la política nacional de seguridad sería muy similar a aquella experiencia pionera.
“De la policía de papel pasamos a una ciudad que se tomaba en serio su seguridad. Cuando hablo de policía de papel no es por demeritar a la Fuerza Pública, no; me refiero a unos 800 agentes para toda la ciudad, sumando administrativos y vigilancia, en una época en la que ya se sentía la presión de estructuras que derivarían en Los Costeños o el Clan del Golfo, La infraestructura era precaria, la capacidad de investigación mínima y vivíamos prácticamente a la defensiva”, recuerda Polo Carbonell.
Una transformación con voluntad política
El abogado barranquillero destaca la voluntad política del alcalde Alex Char para empezar una tarea de transformación en materia de seguridad ciudadana.
La apuesta fue doble: por un lado, gestionar la creación de la Policía Metropolitana de Barranquilla, que diera más pie de fuerza y un comando dedicado solo a la ciudad; por otro, formular un plan maestro de equipamiento que incluyera movilidad, infraestructura y comunicaciones. En la práctica, eso significó recuperar alrededor de 17 CAI, construir nuevas estaciones y garantizar motos, patrullas y combustible para que la Policía pudiera operar sin “remiendos”.
Cuando se recibió la Alcaldía en 2008, la ciudad era un hervidero. Había protestas en varios pisos del edificio de la administración distrital, mototaxistas en paro, barrios enteros en conflicto. En medio de ese ruido, era casi imposible avanzar en educación o en salud: no se podían construir escuelas ni hospitales porque cada obra se topaba con un problema de orden público.
El trabajo en esos años fue desactivar conflictos, escuchar a los diferentes sectores y tejer acuerdos que permitieran volver a construir. De esa etapa dura quedó una alerta que hoy vuelve a ser actual: la violencia juvenil que alimenta el crimen organizado.
Polo Carbonell vio cómo una pandilla bautizada los “40 Negritos” pasó de ser un grupo juvenil a convertirse en estructura criminal ligada a bandas mayores como los Rastrojos Costeños.
“Va Jugando”: el balón convertido en política pública
Ante ese panorama, el gobierno distrital y Guillermo Polo que lo representaba desde la secretaría del Interior, entendieron que no bastaba con más CAI o más patrullas. Había que llegar a los barrios antes que las bandas. Buscando experiencias en otros países, encontraron en Ecuador un programa liderado por Elsa Morán, basado en el fútbol con valores, que trabajaba con jóvenes en riesgo en Quito y Guayaquil.
Esa idea se adaptó a la ciudad y nació “Va Jugando”, un programa de intervención en violencia juvenil que combinaba deporte, trabajo psicosocial y construcción de liderazgo positivo. El balón era la excusa para hablar de normas, respeto, manejo del conflicto, proyecto de vida.
Con el tiempo, muchos jóvenes que pasaron por el programa dejaron atrás la violencia; algunos hoy trabajan formalmente y uno de ellos es comunicador, símbolo de que el camino podía ser otro. “Va Jugando” ganó premios internacionales –incluido un reconocimiento en Brasil– y fue retomado por la siguiente administración bajo el nombre “Vuelve y Juega”, manteniendo el corazón del proyecto.

La sensación de que alguien conduce
Mientras todo esto ocurría, otras debilidades del Estado quedaban al descubierto. Barranquilla no contaba con una máquina de escalera para su cuerpo de bomberos. Entre 2010 y 2011, Guillermo Polo y su equipo dejaron un cuerpo de bomberos con mejor infraestructura y equipos, capaz de responder a incendios que antes superaban la capacidad local.
En seguridad, uno de los proyectos que más lo marcó fue el sistema de videovigilancia: más de 560 cámaras que convirtieron a Barranquilla en el primer territorio del país con cobertura completa de vigilancia urbana. No se trataba solo de “verlo todo”, sino de mandar un mensaje: la ciudad estaba dispuesta a invertir en seguridad como política de largo aliento, no solo con operativos de ocasión.
“Siempre quisimos decirle a la comunidad que contaban con un gobierno que conducía las soluciones y trataba de llevarlas a la realidad y en esto de la seguridad estamos seguros que recobrarla tiene muchas más salidas de lo que la gente cree”, manifiesta en tono optimista Polo Carbonell.
El giro hacia la justicia: donde se ganan o se pierden las batallas
Con la consolidación del sistema penal oral acusatorio, Guillermo Polo y su equipo comprendieron que muchas batallas se estaban perdiendo no en la esquina, sino en los juzgados. El sistema, garantista y exigente, encontró a una justicia sin los recursos necesarios: pocos investigadores, laboratorios saturados, audiencias aplazadas una y otra vez.
Polo Carbonell defiende el garantismo: después de la vida, la libertad es el bien más delicado que administra el Estado. Pero insiste en que la justicia sólo funciona si se le entregan herramientas. No tiene sentido que un caso pase por tres o cuatro investigadores distintos antes de llegar a juicio; así, la prueba se debilita y el proceso se cae.
Hubo una historia que lo convenció: La banda conocida como “Los Cuervos” fue capturada por robos violentos, pero quedó en libertad porque no se alcanzó a hacer el cotejo de voz dentro de los plazos legales. Las pruebas tenían que enviarse a Bogotá.
De ahí nació el impulso y el interés por crear un laboratorio de criminalística en Barranquilla, con equipos para pruebas de voz y otras pericias, reduciendo la dependencia de la capital y el tiempo de procesamiento de casos.

Una debilidad del sistema que Implicaba la libertad del delincuente
Otra herida abierta eran las libertades por vencimiento de términos, que Guillermo Polo llama sin rodeos una vergüenza del sistema: criminales de alto perfil saliendo libres porque el Estado no programó ni realizó las audiencias a tiempo. Una parte importante del problema estaba en la logística: mover a fiscales, jueces, defensores y, sobre todo, a personas privadas de libertad desde las cárceles.
La respuesta fue impulsar los sistemas de audiencias virtuales, dotando a más de 30 despachos penales con equipos de audio y conexión a centros carcelarios, e incluyendo a los jueces de control de garantías, que terminaron pidiendo ese recurso al ver su utilidad. Con una inversión relativamente baja, la curva de vencimientos de términos empezó a ceder en el circuito judicial de Barranquilla y el Atlántico.
El salto al departamento
Con el paso de los meses y años, la sensación de inseguridad dejó claro que ya no había “municipios tranquilos”: todo el departamento del Atlántico se había vuelto complejo. La Policía departamental, sin embargo, seguía funcionando desde un inmueble alquilado en Soledad, sin condiciones para coordinar la seguridad de toda la región.
En el segundo gobierno de Eduardo Verano, Guillermo Polo se concentró en fortalecer la Policía departamental: mejorar la relación hombres/habitantes, renovar la flota de motos y patrullas, invertir en comunicaciones y construir nueva infraestructura.
De esa etapa destacan dos proyectos. Un búnker de la Fiscalía en Soledad, que centralizó servicios que antes estaban dispersos en varios edificios (violencia sexual, violencia intrafamiliar, bandas criminales) y facilitó el acceso de los ciudadanos a la justicia.

El gran comando del Departamento de Policía Atlántico, una inversión cercana a 40 mil millones de pesos, cofinanciada entre Nación y departamento, que por primera vez le dio a la Policía departamental una sede propia robusta. A eso se sumaron cuatro nuevas estaciones en El Bosque, Candelaria, Soledad y Puerto Giraldo, luego de años sin que se construyera una sola estación nueva en el departamento.
Lo que viene
El fortalecimiento de la defensa de los derechos humanos, el afianzamiento de la paz territorial y combatir las nuevas etiquetas para viejas bandas y con una ciudad que vuelve a aparecer en titulares por temas de crimen organizado, el compromiso es que el trabajo hacia adelante suene menos a autocomplacencia y más a advertencia. Por un lado, muestra que es posible pasar de la improvisación a una política de seguridad seria, con prevención juvenil, laboratorios, cámaras, búnkeres y comandos modernos.
Por otro, deja claro que nada de eso es definitivo. La agenda que viene, insiste, pasa por los derechos humanos y la paz territorial: entender que detrás de cada cifra de violencia hay desigualdades viejas y territorios enteros sin presencia real del Estado.
El relato de Guillermo Polo Carbonell es la crónica de alguien que aprendió que la seguridad no es la ausencia de problemas, sino la decisión de un territorio de hacerse responsable de ellos, con todas las herramientas a la mano: policía, justicia, juventud, derechos humanos y memoria. Así como las obras y la ejecución de políticas para el desarrollo social, la inclusión, y el sentido de pertenencia ciudadana, entre otros.



