Por Diego García, Md.
Muchas veces creemos que todo debería ser así: fácil. Pero la realidad es otra. Sin embargo, eso no significa que todo sea difícil. Es verdad que todos tenemos situaciones de vida diferentes.
Podemos pensar que unos tienen más oportunidades y otros no, pero hay dos condiciones que nos igualan: estar vivos y que todos morimos, sin importar los títulos universitarios, las posesiones materiales o la cuenta bancaria.
Sin embargo, la vida se rige cultural y socialmente por varios paradigmas. Si bien es cierto que todos tenemos un compromiso social de contribuir a la comunidad a la cual pertenecemos, también lo hacemos desde la individualidad: el “yo tengo esto o aquello”.
Y en un mundo cada vez más agitado y materialista, la carrera por poseer conocimiento y cosas materiales le va quitando brillo a la vida. Entonces, en lugar de ser más fácil, se complica; o mejor dicho, la complicamos aún más.
Pero no se trata de vivir con o sin dificultades. El punto es ir a lo básico: cambiar el sobrevivir por el vivir, pero un vivir no a medias. Cuando vivimos a medias, eso se nota en nuestra economía, en nuestras familias, en las relaciones con los demás y, sobre todo, en nosotros mismos. Porque vivir así implica, la mayoría de las veces, vivir insatisfecho y, peor aún, tener cosas pero sentir que no es suficiente.
Evidentemente hay personas que tienen vidas más difíciles que otras. Muchas veces creemos, influenciados por la posición económica, que la persona que posee grandes recursos tiene una vida más sencilla que quien tiene que pasar hambre. Pero eso es solo lo externo. Si eso fuera del todo cierto, entonces las personas con grandes fortunas económicas no tendrían problemas y vivirían en armonía. Pero la realidad es otra: matrimonios desbaratados, relaciones rotas, consumo de sustancias psicoactivas, alcoholismo, enfermedad mental y suicidio.
Hay que concentrarse en el camino que tenemos, el que nos tocó, pero eso no es una condena definitiva. Imaginemos que estamos en un camino y vemos un árbol que obstaculiza el paso. Ese árbol puede representar una dificultad diaria, como una crisis económica, una enfermedad o conflictos familiares. Entonces podemos empezar a quejarnos y pensar que somos “de malas” porque justo se cayó ese árbol, o podemos tomar aire, respirar profundo y pensar qué opciones tenemos: pasar por encima, darle la vuelta o cortarlo.
Tomemos esta última opción. Hay personas que tal vez tengan una sierra eléctrica y podrían cortarlo más rápido; otras tendrán un serrucho o un hacha; y otras simplemente un cuchillo. Aquí es importante mencionar dos cosas: todos estamos en el camino frente a una dificultad similar, pero con herramientas diferentes. Eso pasa en la vida. Pero de nada sirve tener una sierra eléctrica si no la sé usar o si ni siquiera soy capaz de hacerlo. En cambio, quien en teoría está en desventaja con un cuchillo utiliza su ingenio y su perseverancia. Tal vez le tome más tiempo, pero cortará el árbol y seguirá adelante.
No son las herramientas que tenemos en la vida, sino si sabemos utilizarlas y, sobre todo, si tenemos confianza y fe para que, a pesar de los obstáculos, seamos capaces de continuar.
Es dejar de pensar en lo que no tengo y tiene otro. Es entender que la vida no es fácil ni es difícil; para cada uno de nosotros la vida es como es, y nosotros nos convertimos en lo que somos según la forma en que enfrentamos las dificultades.
Pedir un camino sencillo es válido, pero también se debe agradecer la dificultad diaria, porque nos reta a ser mejores y a aprender cosas nuevas. Y si todo fuera tan fácil, nunca descubriremos lo que podemos llegar a ser.
“Bendita la crisis que te hizo crecer, la caída que te hizo mirar al cielo, el problema que te hizo buscar a Dios”: San Pío de Pietrelcina



