Los Recovecos de los Dicccionarios

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(A propósito del Día del idioma)

Por Amylkar D. Acosta Medina [1]

El Día del Idioma (23 de abril) no es solo una efeméride escolar ni una cita de calendario: es, en esencia, un recordatorio de que habitamos el mundo a través de las palabras. Como afirmó el filósofo y ensayista rumano Emile M Ciorán, “habitamos una lengua en lugar de un país”.

Y si el idioma es la casa común, los diccionarios son sus planos, sus cimientos y, a veces, también los notarios silenciosos de las palabras, las que según el jurista ex magistrado de Alta Corte Mario Alario Di Filippo “tienen dignidad e interés histórico y humano”.

Desde que la Real Academia Española (RAE) emprendió la tarea de “limpiar, fijar y dar esplendor” a la lengua hispana, el diccionario dejó de ser un simple listado de términos para convertirse en un espejo —imperfecto, siempre en construcción— de la sociedad que lo habla.

Porque cada palabra que entra en sus páginas no llega sola: trae consigo la historia de quienes la pronunciaron primero, el territorio donde germinó y las tensiones que la hicieron posible y necesaria.

En América Latina, donde el idioma se volvió mestizo desde el primer encuentro de las dos civilizaciones, el diccionario ha tenido que aprender a escuchar. Voces indígenas, giros caribeños, modismos andinos y neologismos urbanos han ido abriéndose paso, desafiando la idea de un español único y monolítico.

Así, el idioma ya no se impone desde un centro, sino que se teje desde múltiples orillas. De hecho, los primeros diccionarios de provincialismos o regionalismos del español hablado en América estuvieron asociados al proceso de construcción y consolidación de los estados nacionales hispanoamericanos desde la segunda mitad del siglo XIX y se intensificaron en las primeras décadas del siglo XX, prolongándose en el siglo XXI.

El diccionario, entonces, no manda: registra. No dicta: dialoga. Su autoridad no proviene de la rigidez, sino de su capacidad de amoldarse y adaptarse sin perder coherencia. En tiempos de redes sociales y escritura vertiginosa, frenética, cuando las palabras nacen y mutan a la velocidad de un clic, su papel resulta más crucial que nunca: ordenar sin sofocar, orientar sin censurar.

Celebrar el Día del Idioma, entonces, es, en ese sentido, celebrar también la vigencia del diccionario como herramienta de ciudadanía. Porque quien domina las palabras, comprende mejor el mundo; y quien las comprende, está en mejor posición para entenderlo y transformarlo, sin agotarlo, porque el conocimiento es inagotable. Cuanto más sabes menos sabe, a este propósito bien vale la pena citar a Don Quijote de la Mancha, el Hidalgo de la triste figura, cuando afirmó: se va anchando Castilla delante de mi caballo!

Quizás por eso, cada vez que abrimos un diccionario —sea en papel o en pantalla— repetimos, sin percatarnos, un gesto profundamente democrático: el de reconocer que el idioma no pertenece a nadie en particular, sino a todos los que lo usamos, lo cuidamos y, sobre todo, lo reinventamos a diario, casi siempre sin proponérnoslo.

Los diccionarios son esos artefactos curiosos que pretenden domesticar el idioma, como si las palabras fueran animales salvajes que alguien pudiera encerrar en jaulas alfabéticas. Uno abre un diccionario con la ingenua esperanza de encontrar el significado exacto de una palabra y termina descubriendo algo más modesto: la opinión respetable, no siempre respetada —y a veces bastante aburrida, acartonada— de unos señores muy serios sobre lo que creen ellos que la palabra debería significar. Sobre su utilidad en el “oficio azaroso” del escritor, que fue como lo llamó nuestro Nobel de la Literatura Gabriel García Márquez, no hay ninguna duda, que toca apelar al “único método inventado hasta ahora para escribir, que es poner una letra después de la otra” para hacerse entender.

Para Gabo “las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle. Los autores de los diccionarios las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético, y en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores”. En realidad, enfatiza él, en su prólogo al Diccionario del uso del español actual de María Moliner, “todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado y por muchos esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido”. Tal cual!

El diccionario presume de autoridad, de obligada referencia. Habla en tono solemne, como si cada definición fuera un decreto y su significado unívoco. Pero el lenguaje, ese animal indisciplinado, asaz difícil de domar, vive en la calle, errabundo, en la conversación, en el insulto creativo, en el chiste gracioso e improvisado y en la poesía que nadie pidió ni imaginó. Mientras el diccionario intenta fijar el sentido de las palabras, la gente ya las ha torcido, ampliado, ironizado o vuelto al revés, lo que alguna vez llamamos revesino.

Sin embargo —y aquí está la pequeña ironía, la paradoja—, incluso los irreverentes terminamos recurriendo a él por fuerza de las circunstancias. El diccionario es como ese profesor gruñón al que uno critica durante años pero al que, en secreto, en la intimidad, le consulta las dudas. Al fin y al cabo sirve para orientarse, para discutir con más fundamento o simplemente para comprobar que una palabra que uno creía haber inventado ya estaba ahí, esperando desde hace siglos.

De modo que el diccionario no manda sobre el idioma, aunque le guste fingirlo. Más bien cumple una función más humilde y útil: dejar constancia de cómo hablamos cuando nadie estaba vigilando. Es, en el fondo, una especie de álbum de fotos del lenguaje llano: algunas imágenes salen nítidas, otras borrosas o emborronadas, pero todas ellas revelan que las palabras —afortunadamente— siempre van un paso por delante de quienes intentan infructuosamente ordenarlas. 

El diccionario también tiene algo de cementerio respetable. Allí reposan, alineadas con impecable disciplina alfabética, palabras que alguna vez tuvieron vida propia e intensa en la boca de la gente y que hoy nadie usa salvo algún profesor nostálgico o un crucigramista inesperado y desesperado. Uno pasa las páginas y siente que camina por un museo del idioma: vitrinas llenas de términos solemnes que probablemente murieron de exceso de formalidad.

Pero el diccionario no solo conserva palabras muertas; también columbra y sospecha de las vivas. Cada vez que aparece un término nuevo —una palabra nacida en la calle, en las redes, en la política o en el humor popular, aún en el bajo mundo— el diccionario lo mira con desconfianza, como un portero viejo que examina a un invitado mal vestido antes de dejarlo entrar. Solo después de años de uso, discusiones y resignación académica, la palabra logra que le abran, por fin, la puerta y la sienten cómodamente, muy formalmente, entre otras que ya han sido domesticadas.

Por eso, consultar un diccionario es, en cierto modo, un acto ligeramente subversivo. Uno lo abre esperando obedecerlo y termina discutiendo con él. Nos preguntamos y nos solazamos haciéndolo, de verdad esa palabra significa solo eso? ¿Quién decidió que tal definición es la correcta? ¿Dónde quedaron los matices, las ironías, las intenciones, a veces dobles, con que la usamos todos los días?

Y sin embargo, ahí sigue el diccionario, paciente, grueso y obstinado. No logra controlar el idioma —nadie puede— pero sí consigue algo más interesante: recordarnos que las palabras tienen historia. Cada definición es una pequeña negociación entre lo que el idioma fue, lo que es y lo que probablemente será mañana.

De modo que el diccionario, pese a su apariencia severa, tiene una utilidad secreta: provoca discusiones, polémicas y tensiones lingüísticas. Y pocas cosas son más saludables para una lengua y la torna más vivificante que la gente discutiendo sobre sus palabras. Porque cuando eso ocurre, el idioma demuestra que está vivo… incluso si el diccionario, lejos de toda sospecha, todavía no se ha dado por enterado y por ello ni se inmuta.

Hay, además, una cierta pretensión imperial en los diccionarios. Aspiran a gobernar un abigarrado territorio que en realidad es ingobernable: el idioma. Sus editores se comportan como cartógrafos del significado, dibujando fronteras precisas, que en realidad, como todas las fronteras, son imaginadas e imaginarias, donde en realidad solo hay zonas borrosas, ambigüedades deliciosas y palabras que cambian de sentido según quién las diga, cómo lo diga, cuándo, con qué cara y con qué gesto, no sólo para quien las pronuncia sino para el receptor y escucha de las mismas.

El diccionario escribe: “amor: sentimiento de afecto intenso…”. Y uno se pregunta con legítima sospecha si alguien cree de verdad verdad que el amor cabe en una línea y media. Lo mismo ocurre con la política, el humor, la nostalgia o la ironía. El diccionario intenta embotellarlos como si fueran sustancias químicas estables, cuando en realidad son fluidos que cambian de color según la luz y la percepción subjetiva de los sujetos.

A veces, además, el diccionario tiene algo de policía lingüístico. Le gusta advertir que tal palabra es “incorrecta”, “vulgar”, “coloquial” o “desusada” o la descalifican por considerarla un arcaísmo,  como si el idioma necesitara de aduanas y permisos de circulación. Pero la lengua —esa conspiradora permanente— ignora estas advertencias con una elegancia admirada y admirable. La gente es transgresora y sigue hablando como le da la gana, sigue inventando palabras nuevas, revive otras, mezcla registros y se burla discretamente de las prohibiciones.

Lo más divertido es que, tarde o temprano, el diccionario termina rindiéndose, claudicando, sin capacidad de resistir los embates de los neologismos. Así, palabras que ayer eran anatemas hoy aparecen tranquilamente impresas, con definición y todo, con etiqueta, como si siempre hubieran sido respetables. El diccionario, en ese sentido, es un cronista tardío: llega después de la fiesta y toma nota de lo que ya ocurrió, como si cumpliera por necesidad un papel de forense.

Por eso la verdadera utilidad del diccionario no está en imponer significados sino en recordarnos que el idioma es un acuerdo tácito e imperfecto, como si fuera una señal de tránsito, entre millones de hablantes que jamás se han puesto realmente de acuerdo. Es una especie de tratado provisional firmado entre generaciones que discuten, corrigen, exageran y reinventan las palabras sin pedir permiso a nadie.

En suma, el diccionario es útil, sí, desde luego. Pero no porque tenga la última palabra, sino porque muestra y demuestra —con admirable paciencia tipográfica— que la última palabra en el idioma no la tiene nadie, ni siquiera quienes presumen tenerla. Y mucho menos el diccionario. Esos son los recovecos de los diccionarios!

Bogotá, abril 18 de 2026

www.amylkaracosta.net


[1] Miembro de Número de la ACCE