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Puerto Colombia: la Calle 3, una deuda urbana que el tiempo no ha podido ocultar (I)

AutorRedacción LGN
12 de septiembre de 2026 · 9:58 p. m.|9 min de lectura
Obra inconclusa en Puerto Colombia, Atlántico.

Mientras Puerto Colombia se expande, recibe nuevas inversiones y contempla cómo el valor de su suelo se transforma al ritmo del desarrollo inmobiliario, una vieja conexión entre el municipio y Pradomar permanece incompleta. La Calle 3 no representa solamente una obra pendiente: detrás de ella aparecen preguntas sobre planeación, propiedad de la tierra, crecimiento urbano y capacidad institucional. Ahora, cuando una iniciativa privada intenta contribuir a destrabar lo que durante años no ha podido resolverse desde la administración pública, el interrogante resulta inevitable: ¿cómo llegó Puerto Colombia hasta aquí?

Por Jorge Medina Rendón, Redacción La Gran Noticia

Puerto Colombia parece vivir simultáneamente en dos tiempos. Uno avanza con extraordinaria rapidez: el de las construcciones, los nuevos proyectos residenciales, la transformación del paisaje, la valorización de la tierra y una expansión urbana que progresivamente ha borrado antiguas distancias con Barranquilla.

El otro se mueve con desesperante lentitud: el de algunas obras públicas, conexiones viales y decisiones de ordenamiento que debieron acompañar ese crecimiento y que, sin embargo, continúan esperando soluciones.

Entre esos dos tiempos se encuentra la Calle 3, una vía cuya historia permite observar, como pocas, las contradicciones de un municipio que ha cambiado mucho más rápido que algunas de las instituciones encargadas de planificarlo.

Sería demasiado sencillo describir el problema diciendo que se trata de una calle sin terminar. No es eso, o por lo menos no es solamente eso. Detrás de los tramos que todavía impiden su plena continuidad existe una historia de años en la que convergen terrenos privados, proyecciones viales, expansión inmobiliaria, decisiones administrativas, necesidades comunitarias y responsabilidades públicas que merecen ser reconstruidas.

Lo que falta allí no puede medirse exclusivamente en metros de pavimento, porque cada metro pendiente encierra una pregunta acerca de cómo se ha ordenado el territorio y por qué una conexión conocida desde hace tanto tiempo consiguió sobrevivir, administración tras administración, sin alcanzar una solución definitiva.

Puerto Colombia: la Calle 3, una deuda urbana que el tiempo no ha podido ocultar (I)
La calle 3 la quieren terminar los particulares para no seguir encerrados en el círculo vicioso de la ineficiencia de la alcaldía de Puerto Colombia.

La Calle 3 tampoco nació de una necesidad descubierta recientemente. Existen antecedentes que demuestran que su importancia vial era conocida desde hace años y que incluso llegó a formar parte de proyectos de inversión pública.

En 2015, el documento CONPES 3830 incluyó para Puerto Colombia un proyecto denominado “Construcción de vía urbana en pavimento rígido de la calle 3”, desde el Colegio UPA hasta su intersección con la calle 2.

Ese antecedente modifica sustancialmente la discusión: ya no estamos frente a una necesidad que sorprendió al municipio como consecuencia del crecimiento reciente, sino ante una vía identificada desde tiempo atrás dentro de la planificación pública.

La pregunta, por tanto, adquiere otra dimensión: ¿cómo puede una vía, reconocida durante tantos años como necesaria para la conectividad del territorio, llegar a 2026 sin que se haya conseguido completar integralmente su trazado y funcionalidad?

Una ciudad que creció alrededor de una vía pendiente

Pradomar tampoco es el mismo territorio de décadas atrás. Su antigua condición de lugar de descanso y proximidad al mar fue transformándose con el crecimiento residencial, la llegada de nuevos proyectos y la progresiva integración urbana de Puerto Colombia con Barranquilla y los sectores vecinos.

Donde antes existían grandes extensiones de tierra aparecieron urbanizaciones, edificaciones y nuevas dinámicas económicas. Con ellas llegaron más habitantes, vehículos, contribuyentes y necesidades de movilidad.

Ese proceso debió tener una consecuencia lógica: mientras mayor fuera la transformación del suelo, mayor tendría que haber sido la capacidad de la administración para anticipar las necesidades de infraestructura que produciría.

Porque gobernar el crecimiento de una ciudad no consiste únicamente en permitir que se construya. La verdadera planificación comienza precisamente donde termina la licencia de construcción.

Cada nuevo proyecto modifica el territorio que lo rodea, genera desplazamientos, demanda servicios públicos, utiliza vías existentes y produce nuevas cargas sobre la infraestructura.

Una administración que autoriza el crecimiento sin asegurar simultáneamente las condiciones necesarias para soportarlo corre el riesgo de convertir la expansión urbana en una acumulación de problemas futuros.

Puerto Colombia: la Calle 3, una deuda urbana que el tiempo no ha podido ocultar (I)
Es más probable a que los privados terminen una calle que necesita toda la comunidad, a que lo haga la alcaldía de Puerto Colombia.

La Calle 3 obliga entonces a formular una pregunta que deberá ser respondida con documentos: ¿qué ocurrió con la planificación vial mientras avanzaba el desarrollo urbano de esta parte de Puerto Colombia?

No se trata de atribuir desde ahora toda la responsabilidad a la administración actual, pero es claro que debe resolver el problema causado que si bien viene de tiempo atrás y atravesó diferentes gobiernos municipales, el alcalde de hoy tiene que solucionarlo.

La continuidad administrativa existe para impedir que cada gobierno pueda comenzar la historia desde cero. Quien recibe un problema heredado también recibe la responsabilidad institucional de enfrentarlo, determinar qué ocurrió antes, corregir lo que sea necesario y evitar que la explicación del pasado termine convertida en excusa para la inacción del presente.

El propio municipio sabe que existe un problema

Hay un elemento adicional que resulta revelador. Durante la construcción del actual Plan de Desarrollo de Puerto Colombia 2024–2027, las comunidades de Altos de Pradomar señalaron expresamente entre sus necesidades la pavimentación de las vías del sector y relacionaron esa reclamación con los impuestos que pagan de acuerdo con su estratificación y con la necesidad de disponer de accesos adecuados.

Es decir, el déficit vial no solamente existe en la percepción cotidiana de quienes transitan por allí: llegó formalmente hasta el instrumento que define las prioridades del gobierno municipal para el cuatrienio. (Scribd)

El mismo Plan esboza para 2027 la aspiración de convertir a Puerto Colombia en una ciudad moderna en la que los recursos públicos sean invertidos eficientemente y produzcan resultados en la calidad de vida de sus habitantes.

Esa declaración, legítima como propósito de gobierno, adquiere verdadero significado cuando se confronta con problemas concretos. Y pocos asuntos permiten hacerlo mejor que una vía cuya necesidad ha sido conocida durante años. (Scribd)

La contradicción resulta todavía más interesante porque el propio documento municipal establece una meta de 6.357 metros lineales y 40.360 metros cuadrados dentro de su estrategia vial y destaca expresamente la adecuación de la Calle 2 mediante articulación con la Gobernación del Atlántico. (Scribd)

No puede afirmarse, por consiguiente, que Puerto Colombia carezca por completo de proyectos viales o de posibilidades de cooperación con otras instituciones. Lo que habrá que establecer es por qué algunas conexiones consiguen prioridad, financiación y articulación mientras otras, igualmente necesarias para las comunidades, permanecen durante años sin completarse.

Cuando aparece la iniciativa privada

Es precisamente en este punto donde la historia de la Calle 3 adquiere un nuevo significado. Una iniciativa surgida desde el sector privado busca ahora contribuir a completar la conexión pendiente. Si consigue hacerlo, los primeros beneficiados serán los habitantes y usuarios de la vía, y cualquier aporte que permita resolver un problema de tantos años deberá ser reconocido por su utilidad para la comunidad.

Pero el hecho abre inevitablemente otro interrogante.

La cooperación entre particulares y Estado forma parte normal del desarrollo urbano y puede producir excelentes resultados. El problema aparece cuando resulta difícil distinguir si la iniciativa privada está acompañando una estrategia pública previamente definida o si, por el contrario, está intentando llenar el vacío dejado por una solución institucional que nunca llegó.

La diferencia entre ambas situaciones es enorme.

Si existen terrenos privados involucrados, corresponde conocer cuál es su condición jurídica y urbanística; si hay afectaciones viales, habrá que establecer desde cuándo existen; si debieron producirse cesiones como consecuencia de determinados desarrollos, deberán revisarse los expedientes; si se requerían adquisiciones prediales, habrá que conocer qué gestiones fueron adelantadas; y si la dificultad estaba relacionada con financiación, será necesario determinar cuándo se formuló el proyecto, cuánto costaba, qué recursos fueron gestionados y ante qué entidades.

Nada de eso debe presumirse.

Debe investigarse.

Y allí comienza la verdadera historia.

Planeación y Control Urbano tienen que explicar

Por eso esta investigación necesariamente deberá detenerse en las actuaciones de la Alcaldía de Puerto Colombia, su Oficina de Planeación, las dependencias de infraestructura y Control Urbano. No para declarar anticipadamente culpables, sino para hacer algo periodísticamente mucho más poderoso: reconstruir sus actuaciones.

Los expedientes pueden responder preguntas que los discursos difícilmente resuelven. ¿Cuál es exactamente el trazado oficial de la Calle 3? ¿Quiénes son propietarios de los terrenos comprometidos? ¿Qué dice el ordenamiento territorial sobre ellos? ¿Existen afectaciones viales? ¿Qué licencias urbanísticas han sido concedidas en el área durante los últimos años? ¿Qué cesiones fueron entregadas al municipio? ¿Cuáles debieron entregarse? ¿Hubo negociaciones con propietarios? ¿Existen diseños definitivos? ¿Hay presupuesto? ¿Se formularon proyectos? ¿Qué actuaciones adelantó Planeación para garantizar la continuidad de la vía mientras el territorio seguía urbanizándose?

Responder esas preguntas permitirá determinar responsabilidades sin necesidad de exageraciones ni condenas anticipadas.

Porque cuando los documentos hablan, los adjetivos sobran.

El derecho de crecer y la obligación de planificar

Puerto Colombia tiene derecho a crecer. Tiene derecho a recibir inversiones, construir vivienda, desarrollar su potencial turístico, aumentar el valor de su territorio y convertirse en una de las zonas urbanas más importantes del Atlántico. Pero precisamente porque ese crecimiento produce riqueza y nuevas oportunidades, la administración tiene una obligación proporcionalmente mayor de ordenarlo.

Una ciudad no puede disfrutar únicamente de los beneficios fiscales y económicos de la expansión inmobiliaria mientras posterga las obligaciones urbanas que esa expansión produce. Si aumenta el número de viviendas, aumentan los desplazamientos; si crece la población, aumenta la presión sobre las vías; si se valoriza la propiedad, los ciudadanos esperan que esa valorización encuentre alguna correspondencia en infraestructura, servicios y calidad urbana.

La planeación existe para lograr ese equilibrio. Y cuando el equilibrio se rompe, aparecen casos como el de la Calle 3.

Los metros que faltan pueden explicar una ciudad

Hay algo particularmente simbólico en las obras inconclusas: permiten observar con extraordinaria claridad la distancia que algunas veces existe entre planear y ejecutar. Una vía puede estar casi terminada y, sin embargo, resultar incapaz de cumplir plenamente su función porque precisamente los metros que faltan son aquellos que deberían conectarla.

Por eso sería equivocado medir la historia de la Calle 3 únicamente con una cinta métrica. Los metros pendientes importan, naturalmente, pero importa mucho más conocer por qué siguen pendientes.

Terminar la vía significaría mejorar la movilidad entre sectores de Puerto Colombia y Pradomar, proporcionar alternativas de circulación y cerrar una deuda urbana acumulada durante años. Pero hacerlo ahora no debería borrar la historia anterior. Al contrario: debería convertirse en la oportunidad para conocerla.

Porque una obra finalmente terminada puede solucionar el problema físico, pero no necesariamente responde las preguntas institucionales que permitieron que el problema existiera durante tanto tiempo.

Esta primera entrega comienza precisamente allí.

En las siguientes examinaremos documentos de planeación, antecedentes urbanísticos, situación predial, actuaciones administrativas, inversiones y decisiones adoptadas alrededor de este corredor. Después habrá que ampliar la mirada y preguntarse qué papel corresponde al Departamento del Atlántico en un territorio cuya conectividad desborda cada vez más las fronteras de una simple calle municipal.

Por ahora queda una imagen difícil de ignorar: Puerto Colombia creció, Pradomar creció, las construcciones avanzaron, la tierra se valorizó y la ciudad se transformó.

La Calle 3 quedó esperando.

Y quizá sean precisamente esos metros que todavía faltan los que terminen contando la historia de todo lo demás.

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