Antes de ser alias “Melissa”, La Sicaria

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Imagen generada con Inteligencia Artificial.

Una joven de 18 años fue enviada a prisión por su presunta participación en un ataque armado en Girardot. La Policía la presenta como integrante de “Solo Valle” y asegura que comenzó a delinquir siendo menor de edad. El caso deja al descubierto una historia todavía incompleta: la de las bandas que reclutan adolescentes, sobreviven a las capturas y convierten la violencia en una ocupación disponible en los barrios.

Informe especial para la edición dominical de La Gran Noticia

La noche del 22 de julio terminó una búsqueda policial, pero comenzó una historia que todavía nadie ha contado completa.

Agentes de investigación criminal e inteligencia capturaron en Girardot a Sheryll Melissa Fierro Nieto, una joven de 18 años a quien las autoridades identifican como alias “Melissa”. La operación fue ejecutada por la Policía de Cundinamarca, en coordinación con la Fiscalía General de la Nación.

La primera versión pública llegó envuelta en el lenguaje habitual de los resultados operativos: una presunta sicaria, una estructura criminal, una orden judicial cumplida y una nueva integrante de la delincuencia enviada a prisión.

Sin embargo, el expediente conocido hasta ahora es más preciso —y también más limitado— que los titulares.

La Fiscalía judicializó a Fierro Nieto por su aparente participación en un ataque armado ocurrido el 24 de diciembre de 2025 en el barrio Vivisol, de Girardot. Un hombre y una niña de diez años resultaron heridos. Ambos sobrevivieron gracias a la atención médica que recibieron.

Según la investigación, las víctimas fueron interceptadas por dos personas que se movilizaban en una motocicleta. Fierro Nieto habría ocupado el puesto del acompañante y disparado el arma. Por ese episodio, la Fiscalía le imputó tentativa de homicidio y fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones. Las dos conductas fueron formuladas como agravadas.

La procesada no aceptó los cargos. Un juez de control de garantías de Flandes, Tolima, ordenó que permaneciera recluida en establecimiento carcelario mientras avanza el proceso.

Eso es, hasta hoy, lo que aparece sustentado por la información oficial divulgada.

La Policía, por su parte, ha señalado que la joven estaría relacionada con al menos cuatro hechos delictivos y la describe como una de las principales dinamizadoras de la violencia en Girardot. Pero no ha presentado públicamente una relación individual de esos casos, sus fechas, las víctimas, los números de noticia criminal ni el papel que le atribuye en cada uno. Caracol Radio reprodujo la versión según la cual uno de esos episodios sería el ataque de diciembre en Vivisol, mientras otros medios interpretaron la cifra como cuatro personas afectadas.

No es una diferencia menor.

Cuatro investigaciones, cuatro víctimas y cuatro homicidios son afirmaciones completamente distintas. Mientras no existan documentos judiciales que las precisen, convertirlas en una sola versión sería hacer exactamente lo que el periodismo debe evitar: llenar con adjetivos los espacios donde faltan hechos.

Una menor dentro de la banda

El aspecto más inquietante del caso no es que Fierro Nieto tenga 18 años.

Es que, según la Policía, habría comenzado su vinculación con la delincuencia cuando tenía 16.

El coronel Miguel Díaz, comandante del Departamento de Policía de Cundinamarca, aseguró que la joven inició su actividad delictiva “desde muy temprana edad”. Las publicaciones posteriores agregaron que habría sido reclutada en un barrio de bajos ingresos por la organización conocida como “Solo Valle”. La afirmación todavía requiere respuestas.

No se ha informado quién la reclutó, de qué manera se produjo ese acercamiento, cuál fue la primera tarea que le asignaron ni qué adulto dirigía la estructura. Tampoco se conoce si la Fiscalía abrió una investigación separada por la posible utilización de una menor de edad para cometer delitos.

El Código Penal colombiano no deja ese comportamiento en una zona gris. Su artículo 188D sanciona a quien induzca, facilite, utilice, constriña, promueva o instrumentalice a una persona menor de 18 años para la comisión de delitos. El consentimiento del menor no elimina la responsabilidad de quien lo utiliza.

Por eso, si la Policía sostiene que Fierro Nieto fue incorporada a la banda cuando tenía 16 años, la investigación no debería agotarse en los actos que presuntamente cometió. Tendría que avanzar también hacia quienes la buscaron, la introdujeron en la estructura, le asignaron funciones, le proporcionaron armas o se beneficiaron de sus acciones. Hasta ahora, el rostro más visible es el del último eslabón. No el de quienes manejaban la cadena.

La banda que volvió después de ser desarticulada

“Solo Valle” no apareció por primera vez en los informes policiales con la captura de la joven.

El 18 de noviembre de 2025, ocho meses antes de su detención, las autoridades anunciaron la desarticulación de esa organización en Girardot. La presentaron entonces como una banda dedicada principalmente al microtráfico y al hurto en establecimientos comerciales.

Según la información difundida por la Gobernación de Cundinamarca, el grupo operaba en sectores como Valle del Sol, Corazón de Cundinamarca y Ciudad Montes. Sus actividades ilegales le habrían generado alrededor de 45 millones de pesos mensuales.

La palabra escogida fue “desarticulación”.

Pero en julio de 2026, las mismas autoridades volvieron a identificar a “Solo Valle” como una estructura criminal activa y atribuyeron a Fierro Nieto pertenencia a ese grupo. La contradicción merece una explicación.

Es posible que el operativo de noviembre haya afectado solo una parte de la organización. También puede haber ocurrido que algunos integrantes escaparan, que otros asumieran la dirección o que la banda repusiera rápidamente a quienes fueron capturados. Otra posibilidad es que el nombre “Solo Valle” se utilice para identificar varias redes vinculadas por territorio, parentesco o economías ilegales, sin una jerarquía única.

Sin acceso al organigrama de la investigación, ninguna de esas hipótesis puede afirmarse como cierta.

Lo que sí puede decirse es que la captura de un grupo de personas no siempre destruye el sistema que les permitió delinquir. Si continúan las rentas, los puntos de venta, las disputas territoriales, los compradores, los proveedores de armas y la posibilidad de reclutar nuevos integrantes, la estructura puede rehacerse. Una banda no vive solamente de sus nombres. Vive del territorio que controla y de la facilidad con la que sustituye a quienes pierde.

Foto tomada de X, antes Twitter

El oficio disponible

La historia colombiana ha enseñado a imaginar el reclutamiento de menores como una escena rural: un grupo armado que entra a una vereda, amenaza a las familias y se lleva a niños y adolescentes hacia un campamento. Esa forma de reclutamiento persiste, pero no es la única.

En los espacios urbanos, la incorporación a una organización criminal puede ocurrir sin que el adolescente abandone inmediatamente su casa. Puede seguir durmiendo bajo el mismo techo, circular por el barrio y conservar un vínculo precario con la escuela mientras realiza tareas para la banda. La primera función no siempre implica portar un arma.

Puede consistir en avisar que viene la Policía, llevar un mensaje, esconder una bolsa, vigilar a una persona, transportar dinero, marcar una vivienda o guardar un revólver durante unas horas. Cada tarea reduce la distancia entre la vida cotidiana y la estructura criminal.

El estudio presentado por el ICBF y UNICEF sobre 2.181 niños y adolescentes desvinculados de grupos armados entre 2013 y 2022 encontró que la edad promedio de reclutamiento fue de 14,08 años. En el caso de las mujeres fue todavía menor: 13,8 años. El 65,4 % declaró haber sido utilizado en actividades como llevar mensajes o mercancías, vigilar, realizar labores de inteligencia o participar en economías ilícitas.

Ese estudio corresponde principalmente al conflicto armado y no puede trasladarse de manera automática a una banda local de Girardot. Pero permite comprender una dinámica que se repite en organizaciones de distinta naturaleza: la vinculación suele ser gradual y comienza con tareas que parecen menores antes de avanzar hacia conductas más graves.

También muestra que las mujeres no son una presencia marginal en el fenómeno. El ICBF encontró, además, una edad de ingreso ligeramente inferior entre ellas y advirtió que las condiciones de pobreza, la falta de oportunidades, la violencia en el hogar, el consumo de sustancias y la debilidad de los entornos protectores aumentan la vulnerabilidad.

Nada de eso convierte la pobreza en una explicación automática del delito.

La inmensa mayoría de los jóvenes que crecen en barrios con carencias no entra a una banda ni utiliza un arma. Presentarlos como delincuentes en potencia sería injusto y falso.

El riesgo aparece cuando las privaciones se combinan con la presencia estable de una organización criminal, la deserción escolar, la ausencia de alternativas laborales, la normalización de la violencia y la capacidad de ciertos adultos para ofrecer dinero, reconocimiento, protección o pertenencia.

La banda ocupa entonces un espacio que otras instituciones dejaron vacío.

El país cuenta al capturado, no siempre al reclutador

Colombia dispone de estadísticas sobre niños y adolescentes reclutados por actores armados. En 2024, la Defensoría del Pueblo conoció 409 casos de reclutamiento forzado, frente a 342 registrados durante 2023. La entidad advirtió que el fenómeno afecta de manera particular a comunidades indígenas y territorios sometidos a disputas armadas.

Durante el primer semestre de 2025, la Defensoría recibió información sobre otros 55 casos: 29 niños y adolescentes varones y 26 niñas y adolescentes mujeres.

Las propias instituciones reconocen que esas cifras no representan la magnitud total del problema.

Y existe una dificultad adicional: el uso de menores por bandas urbanas no siempre queda registrado como reclutamiento.

Un adolescente sorprendido vendiendo droga, portando un arma o participando en un ataque puede ingresar al sistema únicamente como presunto infractor. El adulto que lo utilizó quizá no aparezca en el mismo expediente. La estadística cuenta la aprehensión, pero no necesariamente reconstruye el proceso que llevó al menor hasta allí.

La atención pública sigue un patrón semejante.

Se muestra al joven capturado. Se divulga su alias. Se habla de sus antecedentes. Se presenta la medida de aseguramiento como cierre de la historia.

Rara vez se conoce al adulto que dio la orden.

Responsabilidad sin simplificaciones

Foto: Getty Images. Tomada de https://www.elpais.com.co/

La posible utilización de Fierro Nieto cuando tenía 16 años no elimina su eventual responsabilidad por los delitos que la Fiscalía logre demostrar.

Ser víctima de instrumentalización y responder por los propios actos no son condiciones necesariamente excluyentes.

La justicia debe establecer si participó en el ataque, cuál fue su conducta concreta y qué evidencia existe en su contra. La defensa tendrá derecho a controvertir esa evidencia. La medida de aseguramiento no equivale a una condena, y la gravedad de los señalamientos no suspende la presunción de inocencia.

Pero la misma exigencia debe aplicarse hacia arriba.

Si hubo reclutamiento, deben identificarse los reclutadores. Si hubo una orden, debe encontrarse a quien la impartió. Si alguien suministró la motocicleta o el arma, pagó por el ataque, seleccionó a las víctimas o encubrió a los responsables, su conducta no puede desaparecer detrás de la fotografía de la capturada.

De lo contrario, el sistema penal terminará castigando a la persona más visible y dejando intacta la estructura que hizo posible el delito.

Lo que todavía no sabemos

No se conoce públicamente si Fierro Nieto estaba estudiando a los 16 años, si había abandonado el colegio o si alguna institución detectó que se encontraba en riesgo.

No se sabe si tuvo contacto previo con el ICBF, si existieron denuncias de violencia en su entorno, si había sido amenazada o si recibió dinero por realizar tareas para “Solo Valle”.

No se sabe quién la acercó a la banda.

No se sabe si hay más menores vinculados a la organización.

No se sabe quién dirige actualmente el grupo ni por qué continuaba operando después del anuncio de su desarticulación.

Tampoco se ha explicado cuáles son los otros hechos delictivos a los que la Policía la relaciona. La Fiscalía solo ha detallado públicamente el ataque del 24 de diciembre de 2025. Hasta que existan decisiones o documentos que permitan verificar algo diferente, presentarla como autora de cuatro homicidios sería una afirmación sin sustento conocido.

Estas no son preguntas destinadas a suavizar el delito.

Son preguntas necesarias para comprenderlo.

Después de las esposas

La captura puede evitar nuevos ataques. Puede contribuir a esclarecer el ocurrido en Vivisol y abrir un camino de reparación para las víctimas. Puede también aportar información sobre una organización que, pese a haber sido declarada desarticulada, continuó apareciendo en las investigaciones policiales.

Pero una captura no explica por sí sola cómo opera el mercado de la violencia.

Si la versión oficial sobre el comienzo de Fierro Nieto a los 16 años es correcta, hubo un momento anterior al ataque, a la motocicleta y a los disparos. Un momento en el que alguien vio a una adolescente y consideró que podía ser útil para una banda.

La investigación periodística y judicial debe llegar hasta ese instante.

Debe establecer quién la encontró, qué le ofreció, qué le exigió y qué instituciones pudieron haber advertido el riesgo antes de que el nombre de una joven quedara sustituido por un alias.

Sheryll Melissa Fierro Nieto tendrá que responder ante la justicia por aquello que pueda ser probado.

Pero su expediente no debería cerrarse sobre ella.

Porque una organización capaz de reclutar a una menor, sobrevivir a una anunciada desarticulación y continuar administrando violencia no se desmantela cuando cae la muchacha de 18 años que aparece esposada en el video.

Solo pierde a una de sus piezas.

Nota de la Redacción. Este informe fue elaborado con información de la Fiscalía General de la Nación, el Departamento de Policía de Cundinamarca, la Gobernación de Cundinamarca, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, UNICEF, la Defensoría del Pueblo y el ordenamiento penal colombiano. Al cierre de esta edición no estaban disponibles públicamente el escrito de acusación, las actas completas de las audiencias, la relación individualizada de los cuatro hechos mencionados por la Policía ni información oficial que permita establecer si existe una investigación contra las personas que presuntamente utilizaron a Fierro Nieto cuando era menor de edad. La procesada no ha sido condenada y está amparada por la presunción de inocencia. Elaborado con asistencia de Inteligencia Artificial, bajo la supervisión de un periodista.