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11-S: 25 años después

AutorAmylkar D. Acosta Medina
12 de septiembre de 2026 · 10:41 p. m.|8 min de lectura
El 11 S
Columna de opiniónAutor invitado
Amylkar D. Acosta Medina

Amylkar D. Acosta Medina

Economista, Ex ministro de Minas y Energía, ex Presidente del Congreso de Colombia, docente e investigador.

11-S: 25 años después

Por Amylkar D. Acosta Medina [1]

Hay acontecimientos que no sólo hacen historia, sino que la parten en dos. El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 fue uno de ellos.

Aquel martes aciago el mundo contempló atónito, en tiempo real, cómo dos aviones comerciales se estrellaban contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York y, en el acto, cómo estas se desplomaban convertidas en una gigantesca montaña de escombros. Otro avión impactó el Pentágono y un cuarto cayó en Pensilvania.

El saldo fue aterrador: cerca de 3.000 muertos. Pero la verdadera dimensión del 11-S no puede medirse únicamente por el número de sus víctimas. Aquel día cambió la percepción que el mundo, empezando por el propio EE.UU, tenía de su propia seguridad y se alteró el curso de la geopolítica mundial.

Yo escribí sobre ello entonces. Apenas nueve días después, el 20 de septiembre de 2001, en mi artículo Colombia: país real, país virtual, me referí al impacto de aquellos atentados que habían reducido a cenizas las emblemáticas Torres Gemelas y golpeado el Pentágono. Mi preocupación inmediata, además del horror provocado por semejante acto de barbarie, apuntaba hacia sus repercusiones económicas. La economía mundial ya mostraba síntomas de desaceleración y aquel golpe introducía un ingrediente adicional de incertidumbre, que presagiaba su hundimiento.

Pocos días después volví sobre el tema en Una elegía por la paz. Esta vez mi preocupación trascendía la coyuntura económica. Me inquietaban las consecuencias políticas y militares que podría desencadenar la inmediata y contundente reacción de Estados Unidos. Dos hechos me parecieron entonces incontrovertibles: la enorme capacidad destructiva que había alcanzado el terrorismo y la vulnerabilidad del Estado frente a él, incluso tratándose de la mayor potencia económica y militar del planeta. Veinticinco años después vale la pena volver sobre aquellas reflexiones y confrontarlas con lo acontecido.

LA GUERRA CONTRA EL TERROR

La reacción estadounidense no se hizo esperar. El Presidente George W. Bush proclamó la denominada “guerra contra el terrorismo”. El enemigo ya no era necesariamente otro Estado ni un ejército convencional claramente identificable. Era una organización transnacional, dispersa, clandestina y capaz de golpear desde las sombras. Ese cambio fue trascendental.

En octubre de 2001 Estados Unidos invadió Afganistán. El propósito declarado era destruir las bases de Al Qaeda, responsable de los atentados, capturar a Osama Bin Laden y desalojar del poder al régimen talibán que le había brindado refugio y protección. Dos años después, en 2003, vino la invasión de Irak. Se justificó alegando que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Tales arsenales nunca fueron encontrados.

Aquí empezó a desdibujarse la frontera entre la legítima respuesta al terrorismo y una estrategia desmedida de intervención militar de mucho mayor alcance. Lo que comenzó como una operación contra los responsables del 11-S terminó convirtiéndose en una prolongada guerra global. Y fue costosísima, aún se prolongan en el tiempo y en el espacio sus repercusiones y secuelas.

Investigaciones del proyecto Costs of War de la Universidad Brown estiman que las guerras posteriores al 11-S comprometieron más de US$8 billones (trillion en la nomenclatura estadounidense) en gastos y obligaciones de Estados Unidos. El mismo proyecto estima en al menos 940.000 las muertes directas ocasionadas por la violencia en los distintos escenarios bélicos y calcula que, al incorporar las muertes indirectas derivadas de sus consecuencias, el saldo puede ascender a entre 4,5 y 4,7 millones de personas. Son cifras estremecedoras.

LA PARADOJA AFGANA

Afganistán constituye quizá la mayor paradoja de esta historia. Estados Unidos llegó allí en 2001 para desalojar a los talibanes. Permaneció durante dos décadas. Miles de vidas y enormes recursos después, las últimas tropas estadounidenses abandonaron Afganistán el 30 de agosto de 2021. Y los talibanes retornaron al poder. La historia parecía regresar al punto de partida. Ello no significa que esos veinte años hayan sido inútiles ni que Al Qaeda conservara intacta la capacidad que tenía en 2001. Osama Bin Laden fue localizado y dado de baja en Pakistán en mayo de 2011 y la estructura que organizó los ataques sufrió golpes devastadores.

Pero Afganistán dejó una enseñanza difícil de soslayar: la superioridad militar puede conquistar un territorio, derribar un régimen e incluso destruir un ejército, pero no necesariamente es suficiente para construir un Estado viable ni garantizar una paz duradera. Ese fue precisamente uno de los interrogantes que planteábamos cuando todavía humeaban los escombros de las Torres Gemelas.

EL TERRORISMO MUTÓ

Al Qaeda fue debilitada, pero el terrorismo no desapareció. Mutó. De sus ramificaciones y del caos generado por las guerras posteriores surgieron nuevas organizaciones. La más brutal y espectacular fue el autodenominado Estado Islámico —ISIS—, que llegó a controlar extensos territorios de Irak y Siria y proclamó un pretendido califato. A las organizaciones jerarquizadas se sumaron células dispersas por doquier y los llamados “lobos solitarios”. Internet y posteriormente las redes sociales se convirtieron en instrumentos de propaganda, radicalización y reclutamiento. El terrorismo y sus células aprendieron a desenvolverse en red. La amenaza dejó de estar concentrada exclusivamente en un territorio y se hizo ubicua.

SEGURIDAD VS. LIBERTAD

Pero el 11-S no sólo transformó las relaciones internacionales. También modificó profundamente la vida cotidiana. Los aeropuertos nunca volvieron a ser los mismos. Los controles se multiplicaron, las fronteras se hicieron más estrictas y los Estados ampliaron extraordinariamente sus capacidades de vigilancia. Estados Unidos aprobó el Patriot Act, otorgando mayores facultades a las agencias de seguridad e inteligencia. Entonces apareció otro dilema que aún no está resuelto: ¿hasta dónde puede restringirse la libertad en nombre de la seguridad?

La lucha contra el terrorismo expandió la vigilancia electrónica y generó cuestionamientos sobre derechos civiles y privacidad. Investigaciones posteriores han documentado cómo el aparato de seguridad construido después del 11-S terminó extendiéndose mucho más allá de la persecución directa de Al Qaeda. La paradoja es evidente: las democracias deben defenderse de quienes quieren destruirlas, pero deben hacerlo procurando no sacrificar los valores que precisamente pretenden defender.

EL COSTO DE LAS GUERRAS ETERNAS

Veinticinco años después se popularizó una expresión para describir las campañas militares desencadenadas después del 11-S: “las guerras eternas”. La de Afganistán duró veinte años. La de Irak produjo consecuencias que desbordaron ampliamente los objetivos iniciales. Las operaciones antiterroristas estadounidenses llegaron a decenas de países. La Universidad Brown ha documentado operaciones y programas antiterroristas estadounidenses en 78 países.

El terrorismo internacional había conseguido así una paradoja impensable: una organización relativamente pequeña provocó una reacción de la primera potencia mundial que terminaría comprometiéndola militarmente durante décadas y obligándola a gastar varios billones de dólares. Esta es quizás una de las lecciones más importantes del 11-S: la respuesta a una amenaza puede terminar siendo tan determinante para el curso de la historia como la amenaza misma.

UN MUNDO DISTINTO

El mundo de 2026 es muy diferente al de aquel septiembre de 2001. Entonces Estados Unidos disfrutaba de lo que algunos denominaron el “momento unipolar”. La Unión Soviética había desaparecido diez años antes y ninguna potencia parecía estar en condiciones de disputarle su supremacía. Hoy el tablero es otro. China emergió como gran competidor económico, tecnológico y estratégico. Rusia recuperó protagonismo militar. Las guerras convencionales volvieron a ocupar el centro de la agenda internacional y Oriente Medio continúa siendo uno de los principales focos de inestabilidad. Y las amenazas se multiplicaron.

Al terrorismo tradicional se agregaron los ciberataques, los drones, la guerra híbrida, la desinformación, la inteligencia artificial aplicada al campo militar y la vulnerabilidad de las infraestructuras críticas. El poderío militar sigue siendo decisivo, pero ya no garantiza invulnerabilidad, sobre todo cuando enfrenta las guerras asimétricas con terroristas y/o países que los protegen y promueven, como es el caso de Irán, a la que muchos de ellos le son funcionales. Eso fue justamente lo que demostró brutalmente el 11 de septiembre de 2001.

UNA ELEGÍA QUE CONSERVA VIGENCIA

Cuando escribí Una elegía por la paz, en octubre de 2001, todavía predominaban la consternación, el miedo y la indignación. Estados Unidos buscaba a los responsables y el mundo esperaba su reacción. Entonces advertí sobre el riesgo de que la comprensible exigencia de justicia desembocara en una escalada bélica cuyas consecuencias fueran impredecibles. Un cuarto de siglo después podemos hacer el balance. Hubo éxitos indudables en la lucha contra las organizaciones que perpetraron el atentado. No volvió a producirse en territorio estadounidense una operación terrorista comparable al 11-S. Al Qaeda perdió buena parte de su capacidad y Bin Laden terminó abatido. Pero el precio pagado fue enorme.

Guerras prolongadas, centenares de miles de muertes directas, millones de víctimas cuando se contabilizan las consecuencias indirectas, desplazamientos masivos, billones de dólares gastados y sociedades enteras desestabilizadas forman parte también del balance.

El 11-S demostró que ningún Estado es inexpugnable. Pero los 25 años transcurridos desde entonces dejaron otra enseñanza igualmente importante: ningún poder militar, por formidable que sea, puede resolver por sí solo los complejos conflictos políticos, sociales, religiosos y culturales que incuban la violencia y el extremismo.

La fuerza puede ser necesaria para enfrentar al terrorismo. Lo que no puede pretenderse es que sea suficiente. Por ello regreso, 25 años después, al título de aquel artículo escrito cuando aún estaba fresca la tragedia: Una elegía por la paz. No se trataba entonces, ni se trata ahora, de contemporizar con el terrorismo. El terrorismo es injustificable y debe ser combatido. Se trata de comprender que la paz duradera requiere mucho más que superioridad militar.

Veinticinco años después de aquel fatídico 11 de septiembre, cuando el mundo vio derrumbarse las Torres Gemelas y con ellas muchas de las certezas sobre las cuales descansaba el orden internacional, aquella reflexión conserva plena vigencia. El mundo cambió después del 11-S. Lo que está por verse es si aprendimos todas sus lecciones.

Medellín. Septiembre de 2026

www.amylkaracosta.net


[1] Miembro de Número de la ACCE

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