Curar la tierra para sanar el cuerpo: la carrera por salvar los nutrientes de la mesa colombiana

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La relación entre el clima, los suelos y la salud humana puede parecer un debate netamente científico hasta que llega al plato.

Está en el arroz del almuerzo, la papa de la sopa, la yuca de la plaza, las frutas de la lonchera, el café de la mañana o las verduras que una familia lava antes de preparar la comida.

En cada uno de esos alimentos se reflejan, aunque no siempre se vean, los efectos de las temperaturas extremas, las sequías, las lluvias torrenciales y la degradación de los suelos.

La llegada de junio, con la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente y del Día Mundial de la Inocuidad de los Alimentos, abre una conversación urgente para Colombia al poner en la mesa que la acción climática, la producción de alimentos nutritivos y la inocuidad alimentaria tienen un punto de partida común: el suelo.

Cuando el clima se desborda, los suelos —recurso del que depende la producción del 95 % de los alimentos que consume la humanidad, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)— son los primeros afectados.

Una temporada seca prolongada puede agrietar los campos y reducir la vida microscópica que hace fértil la tierra. Una lluvia intensa puede lavar la capa superficial del terreno, arrastrando minerales y materia orgánica. El resultado se siente después en la finca, en los precios, en la variedad disponible de alimentos y en la calidad de estos.

Cuando el clima ahoga y seca la vida bajo nuestros pies

Es común pensar en el suelo solo como simple tierra donde se sostienen las raíces de las plantas, pero en realidad es un ecosistema vivo. Se trata de un tejido lleno de microorganismos, lombrices, hongos, raíces, minerales y materia orgánica que trabajan en equipo para sostener la fertilidad. Ese equilibrio permite que el agua se infiltre, que los nutrientes circulen y que las plantas crezcan con mejores condiciones.

Las largas temporadas de calor y sequía evaporan la humedad y matan la vida microscópica. Por el otro lado, cuando llueve mucho, el agua arrastra y lava la capa más fértil del terreno, llevándose consigo los minerales esenciales que las plantas necesitan para crecer fuertes.

Carolina Olivera, consultora en gestión sostenible del suelo de la FAO, dimensiona esta crisis estructural: “A nivel mundial existe una degradación de suelos de un 30 % y a nivel de Colombia una degradación del 40 % de los suelos amenaza la sostenibilidad alimentaria”.

Frente a este escenario, Olivera enfatiza que las directrices globales apuntan a un objetivo claro: “establecer un nexo entre la producción de alimentos saludables con la protección de los suelos y la protección de suelos saludables para la producción de alimentos”.

La cifra colombiana permite dimensionar el reto: cerca de cuatro de cada diez hectáreas del territorio nacional presentan algún grado de degradación por erosión. En la vida cotidiana, esto significa que la capa donde se concentran nutrientes, carbono y humedad se pierde poco a poco. Producir alimentos en esas condiciones exige más esfuerzo, más inversión y mayor capacidad de adaptación.

Inseguridad alimentaria y hambre oculta: problemas que se atienden desde la raíz

Cuando una planta crece en un suelo pobre en nutrientes, su capacidad para absorber minerales esenciales se reduce. Por eso, hablar de suelos es también una conversación sobre nutrición. La producción de alimentos no debería medirse únicamente en toneladas cosechadas, sino en su capacidad para aportar hierro, zinc, proteínas, vitaminas y otros nutrientes.

“Los suelos tienen una relación directa con la nutrición, dado que a través de estos viajan los nutrientes hacia los alimentos que las personas consumen para lograr un buen estado de salud”, explica Santiago Mazo, especialista en seguridad alimentaria y nutrición de la FAO en Colombia. Proteger los suelos, agrega, contribuye a garantizar alimentos saludables y nutritivos, especialmente para niñas, niños, adolescentes y mujeres gestantes.

Esta relación cobra mayor importancia en un país donde la inseguridad alimentaria sigue afectando a millones de personas. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida del Dane, en 2025 uno de cada cinco hogares en Colombia enfrentó inseguridad alimentaria moderada o grave (12 millones de personas). A esto se suma el “hambre oculta”: deficiencias de micronutrientes que no siempre se perciben a simple vista, pero que afectan la salud y el desarrollo.

En Colombia, la Encuesta Nacional de Situación Nutricional reporta que el 24,7 % de los niños y niñas menores de cinco años presenta anemia. En mujeres gestantes, análisis nacionales han identificado una prevalencia promedio de anemia ferropénica del 11 %, con mayores afectaciones en poblaciones vulnerables.

Una comida puede llenar el estómago y aun así no cubrir todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Si el suelo tiene baja disponibilidad de minerales como zinc o hierro, si la dieta es poco diversa o si las familias no logran acceder a alimentos frescos y variados, aumentan los riesgos para la salud. En niñas y niños, estas carencias pueden afectar el sistema inmune, el crecimiento físico y el desarrollo cognitivo.

El zinc, por ejemplo, suele recibir menos atención que otros nutrientes, pero cumple una función clave en las defensas del organismo. Cuando su disponibilidad en la dieta es insuficiente, niñas y niños pueden volverse más vulnerables a infecciones diarreicas o respiratorias. Por eso, cuidar la salud del suelo también ayuda a cuidar la calidad de los alimentos que sostienen la salud de las familias.

Suelos degradados, más riesgos para la inocuidad de los alimentos

La inocuidad de los alimentos agrega otra pieza clave. Cada año, una de cada diez personas en el mundo enferma por consumir alimentos o agua contaminados, causando alrededor de 420.000 muertes anuales (125.000 corresponden a menores de cinco años).

En Colombia, la vigilancia epidemiológica muestra que estos riesgos también están presentes. En 2024 se notificaron 765 brotes de enfermedades transmitidas por alimentos. En 2025, hasta el periodo epidemiológico XII, se registraron 608 brotes, con 6.899 casos clínicos y 29.558 personas expuestas.

Estos datos recuerdan que la inocuidad alimentaria va más allá de lavar o cocinar bien los alimentos. La prevención depende de lo que ocurre antes: en la calidad del agua de riego, la salud de los animales, la presencia de contaminantes en el suelo y las condiciones ambientales en las que se producen, transportan y almacenan.

La contaminación también puede afectar la capacidad del suelo para actuar como filtro natural. En suelos degradados o contaminados, sustancias como el plomo o el cadmio pueden quedar más disponibles para las plantas, los animales o las fuentes de agua. Estos metales pesados pueden entrar silenciosamente en la cadena alimentaria y representar riesgos para la salud.

En suelos degradados o contaminados, el daño se agrava porque pierden su capacidad de actuar como filtro natural. Esto permite que metales pesados, como el plomo o el cadmio, queden disponibles para las plantas y entren silenciosamente a la cadena alimentaria, amenazando la salud humana. El cambio climático exacerba estos peligros: el calor prolifera los microorganismos, las lluvias extremas arrastran contaminantes y las sequías concentran toxinas.

Para frenar esto, se requieren cambios urgentes. “Hay que evitar abusar de los fertilizantes de síntesis química, hay que hacer un manejo más sostenible, implementar prácticas que nos ayuden a contribuir no solo a aumentar la productividad en nuestros cultivos, sino a aportar alimentos saludables y nutritivos”, puntualiza Mazo.

Curar la tierra desde adentro: la apuesta por la nutrición

Para hacer frente a este desafío estructural, la FAO, la Alianza Mundial por los Suelos, el Ministerio Federal de Alimentación y Agricultura de Alemania, el Ministerio de Agricultura de Colombia y AGROSAVIA pusieron en marcha el proyecto Suelos para la Nutrición.

Esta iniciativa de cooperación internacional llega a Colombia como uno de los países piloto a nivel global, junto a México y Burkina Faso. Su propósito es fortalecer capacidades técnicas y comunitarias para mejorar la salud de los suelos y su relación con la producción de alimentos nutritivos, sostenibles e inocuos.

El esfuerzo se concentra estratégicamente en la región de la Orinoquía, con foco en los departamentos de Meta y Casanare, una despensa importante que en 2025 produjo más de 5,1 millones de toneladas de alimentos y registró un crecimiento agrícola del 11,5 %. El proyecto promueve allí, y en el resto del país, prácticas como la rotación de cultivos, el uso de coberturas vegetales, la protección de fuentes hídricas y el uso responsable de fertilizantes.  

Campesinos que enseñan a campesinos: así funcionan los “Doctores de los Suelos”

El corazón del proyecto es el Programa Global de Doctores de los Suelos. Este esquema de extensión funciona como una cadena de saberes: profesionales capacitan a lideresas y líderes campesinos, quienes luego replican el conocimiento y las innovaciones con productores de sus propias comunidades.

En Colombia, el programa proyecta la formación de 20 profesionales, 60 agricultores líderes certificados como “Doctores de los Suelos” y 350 productores locales. A ellos se les entregan herramientas tecnológicas como kits de evaluación física y química, y microscopios que se adaptan a las cámaras de los teléfonos celulares para que puedan observar directamente la vida microscópica en sus fincas.

La iniciativa incorpora además un fuerte enfoque de equidad, garantizando la participación mínima del 40 % de mujeres y un 30 % de jóvenes rurales. “Queremos involucrar activamente a la juventud brindándoles tecnología e innovación, elementos indispensables para asegurar que las nuevas generaciones vean que la agricultura sostenible es un proyecto de vida altamente rentable y digno”, afirma Olivera.

El papel de quienes vivimos en la ciudad

Es fácil pensar que la recuperación de los suelos solo le compete a los agricultores, pero la alimentación es una cadena que nos une a todos. Comprar alimentos de temporada, apoyar mercados campesinos, reducir el desperdicio, separar residuos orgánicos, consumir dietas más diversas y manipular adecuadamente los alimentos en casa son acciones que conectan la vida cotidiana con la salud del suelo y la salud humana.

Diversificar la dieta diaria —incluir frutas, verduras, legumbres, tubérculos y cereales distintos durante la semana— también envía una señal al sistema productivo. A mayor diversidad en la demanda, mayores incentivos para sistemas agrícolas con rotaciones, asociaciones de cultivos y menor dependencia de monocultivos. Esa variedad es una aliada de los suelos, porque ayuda a romper ciclos de plagas y favorece el retorno de distintos nutrientes.

Apoyar los circuitos cortos, comprar en mercados locales o directamente a familias productoras fortalece economías rurales que protegen la biodiversidad y reducen distancias de transporte. En casa, separar cáscaras de frutas y verduras para hacer abono o compost permite devolverle a la tierra parte de la vida que nos entregó en forma de alimento.

Reducir el desperdicio también es una acción climática y de respeto por el suelo. Desechar comida implica botar el agua usada para producirla, la energía de transportarla, el trabajo campesino y los nutrientes que el suelo entregó para hacerla posible.

El Día Mundial del Medio Ambiente y el Día Mundial de la Inocuidad de los Alimentos recuerdan que las crisis climática, ambiental, alimentaria y de salud están conectadas. La acción climática y la inocuidad alimentaria comienzan bajo nuestros pies.

En un país como Colombia, proteger la capa fértil que sostiene la vida debe convertirse en una prioridad ambiental, productiva y nutricional. La ruta hacia una alimentación más saludable y segura empieza en el lugar más básico y poderoso del sistema alimentario: el suelo.

Con información de Oficina de Comunicaciones, Representación de la FAO en Colombia