Un informe de Fundesarrollo muestra que en varias ciudades de la región Caribe tener empleo no garantiza salir de la pobreza.
La informalidad, los bajos ingresos, la fragilidad del mercado laboral y las brechas de género explican por qué miles de hogares siguen atrapados en la precariedad.

Durante años, una idea ha dominado buena parte del debate público sobre la pobreza: que el empleo es la puerta natural para salir de ella. La fórmula parece lógica.
Si una persona trabaja, recibe ingresos; si recibe ingresos, mejora su nivel de vida. Pero en la región Caribe colombiana esa relación no funciona de manera automática. Allí, trabajar no siempre significa progresar. A veces significa apenas resistir.
Ese es el corazón del informe “La pobreza en la región Caribe: el rol de las dinámicas laborales”, elaborado por Fundesarrollo, que examina cómo las condiciones del mercado laboral están influyendo en la persistencia de la pobreza en las principales capitales caribeñas. Su conclusión central es tan sencilla como incómoda: el problema no es solo la falta de empleo, sino la calidad del empleo que existe.
La tesis tiene eco en la estadística oficial. El DANE recuerda que la pobreza monetaria mide si los ingresos de las personas y los hogares alcanzan para cubrir una canasta básica, y para 2024 fijó la línea de pobreza monetaria per cápita nacional en $460.198 mensuales; en un hogar de cuatro personas, esa línea fue de $1.840.792. Eso significa que no basta con “tener algún ingreso”: importa si ese ingreso realmente alcanza para sostener una vida digna. (DANE)
El empleo sí importa, pero no cualquier empleo
El informe de Fundesarrollo desmonta una simplificación frecuente: que más ocupación equivale, por sí sola, a menos pobreza. En varias ciudades del Caribe ocurre algo distinto. Barranquilla A.M. y Montería, por ejemplo, aparecen con tasas de ocupación relativamente altas, pero aun así conservan incidencias de pobreza monetaria por encima del 30%, una señal de que la sola inserción en el mercado laboral no está resolviendo el problema social de fondo.
Lo que emerge ahí es una figura cada vez más visible y más dura de admitir: la del trabajador pobre. Personas que sí trabajan, que sí participan en la economía, que sí producen, venden, transportan, construyen o prestan servicios, pero cuyos ingresos siguen siendo insuficientes para sacar a sus hogares de la pobreza monetaria. El empleo, en esos casos, no funciona como ascensor social, sino como un mecanismo de supervivencia.
No es una advertencia menor. La Organización Internacional del Trabajo ha insistido en que la informalidad y la baja protección laboral deterioran ingresos, seguridad y condiciones de trabajo, y pueden perpetuar trayectorias de vulnerabilidad. El informe caribeño recoge esa misma idea para mostrar que, en la región, la pobreza laboral no es una excepción: es parte de la estructura del mercado de trabajo. (DANE)
La informalidad: la gran fábrica de fragilidad
Si hay un hilo conductor en el diagnóstico, ese hilo es la informalidad laboral. Fundesarrollo señala que en las capitales del Caribe entre cinco y siete de cada diez ocupados son informales, y que las ciudades con mayor informalidad son también las que exhiben mayores niveles de pobreza. En Riohacha, Sincelejo y Valledupar, por ejemplo, la informalidad se mueve entre el 60% y el 70%, mientras cerca de la mitad de la población se encuentra en pobreza monetaria.
El dato regional contrasta con la referencia nacional. De acuerdo con el DANE, la proporción de ocupación informal para el total de las 23 ciudades y áreas metropolitanas se ubicó en 43,8% en el trimestre octubre-diciembre de 2024. Es decir, el Caribe está por encima del promedio urbano nacional en varios de sus principales mercados laborales, lo que ayuda a entender por qué la precariedad tiene allí un peso tan persistente. (DANE)
La informalidad no es solo un estatus jurídico o estadístico. Es una forma concreta de vivir la economía: ingresos variables, menor acceso a seguridad social, poco margen de ahorro, ausencia de estabilidad y alta exposición a cualquier choque. Una enfermedad, una semana de malas ventas, un accidente o un gasto extraordinario pueden bastar para desordenar por completo el presupuesto de un hogar. Por eso la pobreza laboral no se expresa únicamente en los ingresos bajos, sino también en la permanente incertidumbre. (DANE)
Ingresos que no alcanzan
Quizá una de las partes más contundentes del informe es la que aterriza todo en cifras concretas. En las capitales del Caribe analizadas, las personas en condición de pobreza reportan ingresos laborales promedio entre $200.000 y $320.000 al mes. Entre la población vulnerable, que no es pobre pero puede caer en pobreza con facilidad, los ingresos oscilan entre $548.000 y $657.000.
Vista a la luz de las líneas oficiales del DANE, la dimensión del problema se vuelve todavía más clara. Si la línea nacional de pobreza monetaria per cápita fue de $460.198 en 2024, entonces una parte de esos ingresos laborales regionales queda abiertamente por debajo de ese umbral, mientras otra apenas se mueve en una franja frágil, sin verdadero colchón ante cualquier caída. La diferencia entre no ser pobre y volver a serlo puede ser mínima. (DANE)
Eso obliga a cambiar la pregunta. El centro del debate ya no debería ser solo cuántos empleos se crean, sino qué tan estables son, cuánto pagan y qué protección ofrecen. Un mercado laboral puede mostrar movimiento, ocupación e incluso dinamismo, y aun así sostener una pobreza alta si buena parte de ese trabajo se concentra en actividades precarias y mal remuneradas.

El Caribe frente a una pobreza menos visible, pero no menos dura
La pobreza asociada al desempleo suele ser más fácil de identificar: quien no tiene trabajo aparece como urgencia evidente. Más difícil de ver es la pobreza de quien trabaja todos los días y, sin embargo, no logra despegar.
Ese fenómeno es especialmente delicado porque disuelve una promesa básica del contrato social: la idea de que el esfuerzo puede traducirse en estabilidad.
En el Caribe, esa fractura se vuelve visible en un paisaje cotidiano que no siempre cabe en los indicadores fríos:
vendedores informales que sostienen a toda una familia con ingresos inciertos;
mujeres que combinan trabajos precarios con labores de cuidado no remunerado; mototaxistas,
recicladores,
pequeños comerciantes,
trabajadores por cuenta propia o jornaleros urbanos que viven en una frontera estrecha entre subsistencia y exclusión.
El informe no entra en la crónica de esos rostros, pero sus cifras permiten ver el contorno completo de esa realidad.
La pobreza también tiene género
Otro de los argumentos de fondo del estudio es que la pobreza laboral en el Caribe no se distribuye de manera neutral. Las mujeres enfrentan mayores tasas de desempleo y mayores niveles de pobreza que los hombres en varias ciudades de la región. En Barranquilla A.M., por ejemplo, el desempleo femenino alcanza el 15%, frente al 8% en los hombres, mientras la pobreza también golpea más a las mujeres.
El informe conecta esa brecha con la llamada división sexual del trabajo: las mujeres no solo participan en el empleo remunerado, sino que siguen asumiendo gran parte de las tareas de cuidado y reproducción social dentro de los hogares. Esa sobrecarga limita su permanencia en empleos estables, reduce su disponibilidad horaria y las empuja con mayor frecuencia hacia ocupaciones compatibles con el cuidado, que suelen ser más precarias y peor pagadas.
La OIT ha documentado un fenómeno convergente a escala global: en 2023, 708 millones de mujeres estaban fuera de la fuerza laboral por responsabilidades de cuidado no remunerado, frente a apenas 40 millones de hombres. Aunque esa cifra es mundial y no específica del Caribe colombiano, sirve para ubicar el problema dentro de una estructura mucho más amplia: la economía sigue descansando sobre un trabajo de cuidado que recae desproporcionadamente sobre las mujeres. (Organización Internacional del Trabajo)
No es solo empleo: es estructura social
Uno de los aciertos del documento de Fundesarrollo es que no reduce la pobreza a una sola causa. La presenta como el resultado de varias capas que se refuerzan entre sí: informalidad, bajos ingresos, inestabilidad laboral, brechas de género y acceso limitado a bienes y servicios esenciales. Esa mirada evita el error de pensar que la pobreza puede resolverse exclusivamente con más vacantes o con mejores cifras coyunturales de mercado laboral.
También dialoga con enfoques más amplios sobre pobreza en América Latina. La CEPAL ha insistido en que la desigualdad regional no se explica solo por el ingreso corriente, sino por estructuras persistentes de exclusión que afectan el acceso a empleo de calidad, protección social y oportunidades de movilidad. En ese marco, el Caribe colombiano parece condensar varias de esas tensiones al mismo tiempo. (Repositorio CEPAL)

Qué hacer: del empleo al trabajo digno
Las conclusiones del informe apuntan a una idea de política pública bastante clara. Para reducir la pobreza de manera efectiva no basta con aumentar el número de ocupados.
Se requiere protección social, formación para trabajos más productivos, formalización progresiva, ampliación de alternativas productivas y mejor acceso a salud, educación y transporte. Todo eso, sostiene Fundesarrollo, ayudaría a disminuir la fragilidad de los hogares y a fortalecer sus posibilidades reales de salida de la pobreza.
No se trata de una apuesta abstracta. Si el empleo informal paga menos, protege menos y expone más, entonces formalizar no es solo una meta técnica: es una estrategia de justicia social.
Si las mujeres cargan con una doble jornada que les impide acceder a trabajos mejores, entonces la agenda de cuidado no es un tema secundario: es una política laboral y antipobreza.
Si los ingresos de los hogares pobres siguen lejos de la línea que define el mínimo de subsistencia, entonces el mercado laboral necesita dejar de ser visto solo desde la cantidad y empezar a ser examinado desde su capacidad real de dignificar la vida. (Organización Internacional del Trabajo)
Una pregunta incómoda para el país
El informe sobre el Caribe deja una pregunta que vale para Colombia entera: ¿de qué sirve trabajar si trabajar no basta para vivir con dignidad?
Esa es la paradoja que late detrás de las cifras. Una región puede moverse, producir, vender, buscarse la vida todos los días y, aun así, seguir atrapada en una pobreza que no nace únicamente del desempleo, sino de la baja calidad de su inserción en la economía.
La tragedia no es solo que falte trabajo. La tragedia es que demasiado trabajo siga valiendo tan poco.
Para el debate público, esa quizá sea la lección más importante.
El Caribe no necesita solamente más empleo. Necesita empleo capaz de sacar a la gente de la pobreza. Y esa diferencia, que parece semántica, en realidad es política, económica y moral.



