Por Johan Rendón, Enviado especial
Entre la vereda Pumbí las Lajas, en el municipio de Roberto Payán, y la vereda Vuelta Larga, de Tumaco, ambos en Nariño, hay más distancia geográfica que social. Con suerte, un recorrido de 5 a 6 horas si el clima está a favor y un trayecto que se hace en su mayoría por río.
En cambio, socialmente comparten bastantes similitudes: difícil acceso a servicios básicos, brechas sociales, pocas oportunidades; pero también identidad cultural, gastronómica, folclor y algo más. Algo que por décadas ha dominado estos territorios rurales: la siembra de mata de coca.
Y allí están ellos, los protagonistas de esta historia. Evaristo y Yubán nacieron en Pumbí. El primero, un viejo de 62 años, Y el otro, con 30 menos. En Tumaco está Gustavo, 49 años, fortachón, agricultor por vocación y líder de su comunidad. Los tres comparten un largo camino detrás de la siembra de coca con los lastres que conlleva.
“Nadie ha dicho que vivir de la coca sea fácil. Pero las oportunidades escasean y ante la ausencia de Estado y alternativas es lo que había”, asegura Evaristo al preguntarle por qué terminó sembrando coca.
“No la queremos más”
Aquí todos cuentan su propia historia, con algunos matices, pero al final del día el mismo denominador: no hay mucho de donde escoger y hay que trabajar para poder comer. Yubán, por ejemplo, quería ser policía, pero rápido tuvo que renunciar a ese sueño porque condiciones en su salud se lo impidieron. Y sembrar coca fue una solución para llevar algo de plata a la casa.
“Hemos vivido muchos años de violencia, pero no es por la mata, es por el mal uso que la misma gente le da. Lo cierto es que no queremos tenerla más en el territorio”, dice Gustavo, convencido de que lo que acaba de decir es una verdad absoluta de principio a fin.
Y es que estos tres hombres, de distintas generaciones pero con realidades similares, siguen coincidiendo quizá en algo que han esperado por años. Gustavo, Yubán y Evaristo, así como miles de campesinos de la región del Pacífico nariñense, le dicen adiós para siempre a la siembre de hoja de coca.
“No poder dormir por la intranquilidad, eso es duro. Más vale vivir en escasez, pero sin poner a la venta algo que es invaluable, la tranquilidad”, asegura Evaristo desde la experiencia que le dan más de 20 años sembrando coca. Tiempo suficiente para estar seguro de que quiere otra cosa, que está cansado y no quiere seguir más.
Sustituir y erradicar
Recientemente, el Gobierno nacional presentó dos programas enfocados en la sustitución de cultivos. De un lado, el pasado 19 de diciembre, en Pumbí, lanzó los grupos comunitarios de apoyo a la erradicación de cultivos de uso ilícito. Son cuadrillas de hasta cien personas que tienen como misión apoyar a las familias inscritas en el programa de sustitución RenHacemos en la eliminación de raíz de los cultivos de uso ilícito, acelerando el proceso de sustitución.
Dicho de otra forma, mientras una persona puede tardar hasta un mes en erradicar manualmente una hectárea, el trabajo colectivo permite reducir ese tiempo a un solo día, haciéndolo más eficaz.
Mientras tanto, el 23 de enero, en Tumaco, fue presentada la estrategia ‘Erradicar para la Paz’. Básicamente, formalizar las tierras a los campesinos y comunidades indígenas que voluntariamente decidan arrancar de raíz las matas de coca sembradas en sus territorios.
Solo en Tumaco, 2.225 familias ya se han beneficiado de ese programa. Se han invertido 157.794 millones de pesos buscando sustituir ingresos, transformar economías ilegales en legales y acompañando a quienes decidan dar el paso. Eso se traduce en 7 mil hectáreas en las que antes se sembraba coca y ahora se cultivan, entre otros, cacao, limón y ají.
“No es fácil desacostumbrarse a la siembra de coca, pero tampoco será imposible porque aquí no nacimos con esta mata”, dice Gustavo, mientras agrega que, “en un tiempo si fue negocio para el campesino. Pero ya hoy no es rentable, no solo porque el precio está caído, sino porque vemos que no es la solución seguir sembrando cultivos de uso ilícito”.
Aquí se respira felicidad y paz. El tono de voz, la mirada de un soñador y un rostro apacible dejan en evidencia a los tres hombres que han contado esta historia. Están felices y esperanzados. Al final de cuentas no se trata de la coca, sino de la tierra; no se trata de erradicar, sino de hacerlo pacíficamente.
Gustavo lanza una frase contundente: “después de Dios y la vida, la tierra. Porque es donde usted va a poner una mata de plátano. En el campo si una persona no tiene 2 o 3 hectáreas de tierra, no tiene nada”.
Y Yubán, a kilómetros de distancia, lo secunda diciendo: “hace como unos 25 años venía la fumigación aérea que, además de afectar el medio ambiente, nos afectó a nosotros que no encontrábamos la forma de sustentar a nuestros familiares”.
Mientras a toda marcha erradica junto a grupo de vecinos una hectárea más de coca, agrega que “es algo voluntario, porque somos nosotros los que queremos cambiar de producto. Algo que le sirva a la sociedad para avanzar”.
Así es como en Nariño están pasando cosas. No ha sido ni será fácil, porque han sido años bajo un mismo paradigma del que cuesta zafarse, costumbres que se vuelven ley y todo mientras se lucha por resistir a los prejuicios sociales y señalamientos.
Al final, Gustavo lanza una frase poderosa que lo dice todo, que permite entenderlo todo: “una cosa es sacarle la coca del territorio al campesino a la fuerza y otra sacársela de la mente. Cuando usted logra sacarla de su mente, está razonando para no volver a los cultivos”. Es la sentencia de este líder comunitario desde un cultivo que hasta hoy fue de coca y donde un puñado de campesinos, bajo una intensa lluvia, termina de arrancar las últimas matas.
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