Por Amylkar D. Acosta Medina [1]

A mediados de los años 70 del siglo XX, justo cuando Colombia perdió la autosuficiencia y paso de ser exportador de petróleo a importador (1975), situación esta que se prolongó por 10 años, se declaró la comercialidad del mayor yacimiento de gas y de carbón en La guajira y en el Cesar, convirtiéndose la región Caribe en la despensa minero-energética del país.
De no haber sido por ello la crisis fiscal y de la balanza de comercio exterior habría sido crítica. La historia se repite, ahora cuando la Transición energética demanda el desarrollo de las fuentes no convencionales de energías renovables (FNCER), el Caribe le vuelve a tender la mano a Colombia para aprovechar de la mejor manera esta ventana de oportunidad para su desarrollo económico y social, ambientalmente sostenible e incluyente.
El Caribe colombiano se consolida como el eje estratégico de la Transición energética. Gracias a su ubicación geográfica privilegiada, al decir del gran pensador antioqueño Luis López de Mesa, la esquina oceánica de América, su infraestructura portuaria y su enorme potencial en recursos naturales, la región no solo ha sido históricamente protagonista en el sector minero-energético, sino que hoy se perfila como el epicentro de las energías limpias del país.
Departamentos como La Guajira, el Cesar, Magdalena y Atlántico concentran una parte sustancial de la producción de carbón, gas natural y energía térmica de Colombia. En particular, La Guajira posee uno de los mayores potenciales eólicos de América Latina, con velocidades de viento constantes, lo que ha atraído inversiones nacionales e internacionales para el desarrollo de parques eólicos y proyectos de granjas solares – fotovoltaicas a gran escala, que se han esparcido en todo el Caribe hasta alcanzar los 1.6 GW de capacidad instalada.
Desafortunadamente la parálisis y el abandono de los 16 parques eólicos en La Guajira, con un potencial de 2.4 GW ha privado a Colombia de disponer de dicha capacidad instalada, que contribuiría además de diversificar y robustecer la matriz eléctrica la tornaría más resiliente frente al fenómeno del Niño por su carácter contracíclico. Esta es una de las asignaturas pendientes que le deja como legado este gobierno al entrante.
Y ello, en momentos en los que Colombia enfrenta un panorama complejo: reservas probadas y de producción de gas natural en franca declinación, al punto de tener que importarlo desde diciembre del año anterior para poder satisfacer la demanda esencial.
Por lo demás, la única planta regasificadora con la que cuenta el país para posibilitar dichas importaciones es la Sociedad Portuaria El Cayao (SPEC LNG), ubicada en Barú (Cartagena). Además, acusa una estrechez en la Oferta de energía firme (OEF), que este año se estima por parte de Acolgen entre 2.2% y 2.9%!
La región también ha sido y sigue siendo clave en la producción y transporte de gas natural, considerado el energético de la Transición, con una infraestructura estratégica que conecta los campos del Caribe con el interior del país, los cuales operan las empresas PROMIGAS y TGI.
Hoy por hoy la mayor apuesta del país para recuperar la seguridad y la soberanía energética está en el yacimiento de SIRIUS ubicado entre los departamentos de La Guajira y el Magdalena, con reservas estimadas de 6 TPC, el triple de las reservas probadas remanentes. He venido insistiendo que el país ha desestimado la importancia del aprovechamiento del gas metano asociado a los mantos de carbón (CBM, por sus siglas en inglés), cuyas reservas entre los departamentos del Cesar y La Guajira se calculan en 7 TPC, mayores que el mismo SIRIUS!
Pero, como su declaratoria de comercialidad se proyecta hacia el año 2030 y ante el déficit de gas que se proyecta en 20% en 2026, escalando hasta el 50% en 2029, se requiere ampliar la capacidad de importación, para lo cual se requiere la instalación de nuevas unidades de plantas regasificadoras.
Y dos de los proyectos más maduros y que se encuentran más avanzados es la de La Guajira liderada por TGI y otra en Cartagena promovida por Ecopetrol, asociada con Frontera Energy. Asimismo, sus puertos sobre el mar Caribe facilitan la exportación de carbón, a los que todavía, a pesar de los malos augurios del Presidente de la República Gustavo Petro, les queda futuro por delante, razón por la cual Colombia no puede renunciar a él prematuramente y otros recursos energéticos, consolidando de esta manera su rol en el fortalecimiento de su balanza comercial.
Más allá de los hidrocarburos y el carbón, el Caribe colombiano emerge como plataforma de la transición energética, hasta convertirse en Hub regional. Los proyectos de energías renovables no convencionales —solar y eólica, especialmente—, junto con iniciativas de hidrógeno verde, posicionan a la región como un polo de innovación y sostenibilidad.
Tanto más en cuanto que, como lo dejamos consignado en el Plan estratégico regional (PER), que dirigí en su formulación como Director de la RAP del Caribe, el cluster del hidrogeno verde, para, además de utilizarlo para almacenar energías limpias y servir de combustible, producir fertilizantes, amoníaco y metanol verdes, entre otros.
Este proyecto va en línea con la necesidad que tiene el país de acompasar la Transición energética con una estrategia de Transformación productiva diversificando la economía mediante el impulso de otros sectores como lo son la industria, el turismo y la agricultura.
Y, a propósito de la agricultura, bueno es advertir que, aunque el Gobierno se ha encargado de instalar en el imaginario colectivo la idea de que la Transición energética y las FNCER se reduce a la energía eólica y solar, el espectro de ellas es mucho más amplio.
Se requiere integrar a la matriz energética otras fuentes, tales como la energía geotérmica, el potencial de generación de energía hídrica a filo de agua y cómo no, los biocombustibles, considerado por la Agencia Internacional de Energía (AIE), como “una pieza clave dentro de la estrategia global para descarbonizar la economía”.
Pues bien, entre los departamentos de La Guajira, el Magdalena y el Cesar se cuenta con 127.350 de hectáreas sembradas de palma africana, cuyo fruto es la materia prima para producir el biodiesel para las mezclas que son obligatorias en el país del 10%, susceptible de incrementarlas, tal como lo he venido planteando para que de esta manera se amplíe la frontera agrícola en Colombia.
En este contexto, la articulación entre Estado, sector privado y comunidades locales resulta fundamental para garantizar que el desarrollo energético se traduzca en bienestar social, empleo y cierre de brechas históricas.
El mayor desafío consiste en transformar la riqueza energética en desarrollo integral, asegurando sostenibilidad ambiental, respeto por los territorios y estabilidad regulatoria.
Si se gestionan adecuadamente sus recursos y se fortalecen las capacidades institucionales, el Caribe colombiano no solo será un motor energético nacional, sino también un referente regional y un nodo estratégico de la transición hacia una matriz más limpia y diversificada.
Bogotá, mayo 30 de 2026
www.amylkaracosta.net
[1] Miembro de Número de la ACCE




