Por Isabel Borrero Ramírez
Psicóloga Clínica, Especialista en Psicología Social, Especialista en Comunicación No Verbal

Si acomodamos en el diván el enésimo capítulo de esta crisis mediática, el diagnóstico trasciende el simple chisme palaciego y revela la verdadera tragedia que enfrenta el proyecto oficialista: al progresismo lo están cazando a dos fuegos. Lo bombardean sin piedad desde afuera y lo canibalizan con voracidad desde adentro.
Lectura desde la psicología del poder: cuando una estructura entra en crisis, emergen luchas intestinas por control, visibilidad y supervivencia simbólica. Ya no se pelea por ideas, se pelea por territorios emocionales, cuotas burocráticas y capacidad de daño reputacional.
Estamos ante un ecosistema institucional donde personajes que decían defender el cambio hoy exhiben un instinto depredador de manual. Cuando los intereses particulares chocan, estos “anticuerpos” se devoran a dentelladas en la plaza pública, haciéndole el trabajo sucio, y gratis, a una derecha que hoy ni siquiera necesita disparar sus propios cartuchos.
La tesis del “golpe blando” no es, como aseguran algunos, una simple paranoia de trinchera. El asedio mediático y el desgaste reputacional orquestado por la oposición son innegables a escasas semanas de las elecciones presidenciales de mayo de 2026. Pero este fenómeno merece ser diseccionado con crudeza: el golpe blando avanza sin resistencia porque los explosivos se los están entregando, empacados en papel regalo, los propios funcionarios despechados desde las entrañas del poder.
Me propongo hacer la autopsia en vivo de cómo se sabotea un proyecto desde adentro.
El timing perfecto, la cortina de humo y el silencio de Paloma
En política, la casualidad es el disfraz favorito de los cínicos. ¿Por qué explota esta cloaca justo ahora? Resulta una coincidencia cósmica y quirúrgica que esta telenovela de pasillo, este llanto en cadena nacional, irrumpa en la agenda pública exactamente en el mismo instante en que la Defensora del Pueblo, Iris Marín, desmiente categóricamente a la senadora Paloma Valencia por inventarse informes institucionales sobre supuesta coacción armada a favor del Pacto Histórico.
Psicología de masas: la repetición de una acusación impactante, aunque luego sea desmentida, deja huella cognitiva. La rectificación rara vez viaja con la misma velocidad que el escándalo inicial.
La derecha radical estaba acorralada. A la senadora, a quien no le tiembla la voz en las entrevistas ni le dan miedo los debates en el Congreso, una institución seria e imparcial le quitó el piso en público. Y, sin embargo, reina un silencio sepulcral. Paloma no se pronuncia para rectificar y los medios hegemónicos, tan incisivos ellos, curiosamente “olvidan” llamarla a rendir cuentas. Ningún periodista le ha hecho una entrevista para confrontarla por usar información falsa.
Necesitaban oxígeno urgente y una cortina de humo del tamaño de una catedral para desviar la atención de esa vergonzosa mentira parlamentaria. Y, como si fuera un servicio a domicilio, Angie Rodríguez no es solo una exfuncionaria despechada: es la salvavidas mediática perfecta para tapar el descaro opositor.
El coro griego y el melodrama narco
Al analizar el tour de medios de Rodríguez, y particularmente su disección minuto a minuto en Blu Radio, vemos un cálculo psicológico aterrador. Pero si observamos con lupa el papel de la mesa de trabajo, el ecosistema periodístico deja de ser un escenario de debate para convertirse en un diván terapéutico complaciente. Los periodistas no la interrogan, la asisten. Fungen como un coro griego de la tragedia.
Sintomatología de psicología política: aquí aparece la victimización estratégica, mecanismo donde el actor se presenta como perseguido para blindarse de preguntas, captar empatía pública y desplazar el foco de sus propias contradicciones.
Cuando ella denuncia, entre lágrimas, a un “traficante de información” que la extorsiona y luego admite que ella misma fue quien lo llevó del DAPRE al Fondo Adaptación, ningún periodista detiene la entrevista para confrontar esa absurdidad. Nadie le pregunta: “Venga, ¿usted misma contrató en el Estado a su propio verdugo?”. No hay contrapreguntas incómodas. Le sostienen el pañuelo y validan sus contradicciones.
Y para que el thriller mafioso no pierda rating, la mártir estratégica sube la apuesta del melodrama afirmando en vivo que tiene a “sus papás escondidos”. El cálculo es perverso: traslada la estética de las narcoseries a los pasillos de la Casa de Nariño, obligando a la audiencia a imaginar comandos de sicarios estatales buscando ancianos para silenciar a una burócrata.
Clave clínica: el miedo narrado en público puede operar como dispositivo de contagio emocional. No solo informa, también inocula ansiedad colectiva y construye una atmósfera de amenaza útil para manipular percepciones.
El “saqueo de despedida” y el sueldo del miedo
En su catarsis complaciente, Rodríguez suelta otra perla diseñada milimétricamente para aterrorizar al electorado: asegura que esas facciones están “exprimiendo el gobierno” porque saben que en 2026 se les acaba el cuarto de hora. Esto es música para los oídos de la derecha. Transforma una disputa por puestos en la confirmación de que el progresismo es una plaga de langostas devorando el presupuesto, entregándole a la oposición el eslogan perfecto para la campaña.
Pero si hay algo que desnuda la farsa es su hilarante contradicción. Se sienta en micrófonos nacionales a denunciar que la Casa de Nariño es una red criminal, que la extorsionan y persiguen a sus padres, pero bajo ninguna circunstancia suelta el puesto.
Cualquier persona genuinamente aterrorizada por un cartel de sicariato moral renuncia y va a la Fiscalía. La respuesta de por qué no lo hace es clínica: en un estrado te exigen pruebas bajo juramento; en una cabina te regalan titulares. Ella prefiere llorar de terror en prime time mientras sigue cobrando el cheque a fin de mes en la tesorería del palacio que está incendiando.
El disparador psicológico y la infiltración guerrillera
Llegados a este punto, es crucial diseccionar por qué suelta el nombre de Juliana Guerrero. En la psique del colombiano, ese nombre ya es un gatillo: diploma falso, trampa, chanchullo. Al haberse comprobado que falsificó documentos, se convirtió en el símbolo de la corrupción, alguien a quien el mismo gobierno dejó caer sin blindarla.
Pero la audacia de Rodríguez cruza una línea penal gravísima. Con una ligereza pasmosa, desliza en los micrófonos que Guerrero tendría vínculos con el ELN. ¡El ELN! Ya no estamos hablando de falsificar un cartón universitario; está sembrando la matriz de que el Palacio presidencial está infiltrado por la subversión armada. Usa un cadáver político para contaminar por asociación al presidente con el fantasma del terrorismo.
El silencio selectivo y el “no quiero hablar de eso”
La máscara de “mártir impoluta” se desmorona cuando rascamos su propio prontuario sentimental. A la señora Rodríguez, que reparte acusaciones de nexos con el ELN como si fueran volantes, se le asocia un romance nada menos que con el hijo de ‘Jorge 40’. ¿Qué hace nuestra paladín de la verdad cuando le preguntan por este nexo con el paramilitarismo? Agacha la cabeza y acude a su táctica de evasión: “No quiero mencionar nombres… no quiero hablar de eso”.
Ese es el manual de la hipocresía en su máxima expresión. Cuando los confrontan con sus propias realidades, sea el romance paramilitar de Angie Rodríguez o los informes fantasmas de Paloma Valencia, apelan a la amnesia selectiva. Disparan desde una indignación moral que, convenientemente, enmudece frente a sus propios vasos comunicantes con la extrema derecha.
El presidente zombi y la alcoba como arma
El golpe de gracia es la forma en la que infantiliza al jefe de Estado. Lo retrata como a un zombi: un ente ausente, manipulable. Al describir la Casa de Nariño como un manicomio controlado por los internos, le entrega a la derecha el argumento dorado del golpe blando: “El presidente no gobierna, hay que rescatar al Estado de los locos”.
Psicología del liderazgo: deshumanizar o infantilizar al líder adversario es una táctica clásica. No busca describir la realidad, busca erosionar legitimidad y sembrar la idea de reemplazo inevitable.
Y para rematar este circo, la prensa opositora ejecuta su táctica de demolición favorita: la alcoba. Insinuar que funcionarias cuestionadas son “algo más” que empleadas del presidente reduce a la mujer al arquetipo medieval de la amante del rey. El encuadre convierte al presidente en un monarca decadente, usando el “silbato para perros” para que el morbo del público haga el resto.
Conclusión
Diagnóstico general: cuando medios, opositores y actores heridos convergen en una misma narrativa, no siempre estamos ante verdad organizada. A veces estamos ante una coalición emocional del resentimiento.
En vísperas de unas elecciones presidenciales, la ética periodística suele ser el primer cadáver en el campo de batalla, y la lealtad política, el segundo.
El progresismo no solo enfrenta el despecho burocrático de sus exfuncionarios, sino la desvergüenza de una oposición que ya no necesita hechos. Angie Rodríguez incendia el palacio por dentro y Paloma Valencia lo apedrea desde afuera con informes fantasmas sin que nadie la llame a rendir cuentas. Y así, entre silencios selectivos y lágrimas de cocodrilo, nos pretenden vender que están salvando la democracia.
En la política contemporánea no siempre se asalta un palacio. A veces se asalta la percepción. No caen muros: caen narrativas. Y cuando una administración comienza a incendiarse desde adentro, muchas veces la derecha ni siquiera necesita llevar fósforos. Les basta con entregarle un megáfono al resentimiento y sentarse en primera fila a mirar el humo.
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