Por Carlos Alfonso Velásquez

Con la operación militar de extracción y captura de Maduro para que comparezca ante la justicia estadounidense, evitando la invasión y permanencia de tropas, se confirma algo que algunos analistas internacionales han venido observando.
Esto es que el proceso de la retirada de EE. UU. del liderazgo mundial que se veía venir desde hacía tiempo, se está consolidando con Trump quien se ha ido replegando, pero sin renunciar del todo a su papel como garante último del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Es lo que sintetiza un reciente análisis de National Review: “Trump no es un aislacionista, sino un presidente hiperactivo en materia de política exterior, inclinado a intervenciones quirúrgicas, de bajo riesgo relativo, diseñadas para eliminar amenazas concretas y reforzar la capacidad disuasiva de EE. UU.”. Dicho en otras palabras, menos guerras interminables al estilo Vietnam, Irak o Afganistán, y más golpes precisos tipo Irán, Yemen y Nigeria. Y ahora Venezuela con las consecuencias que se irán viendo.
El trasfondo estratégico dicta que la incursión militar en Venezuela, más que por el narcotráfico y el petróleo – tácticas que apoyan la narrativa pública- se planeó y ejecutó por algo mucho más estratégico en coherencia con la última Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense publicada el pasado 5 de diciembre, en la que se sitúa a América Latina y el Caribe como regiones prioritarias.
Es que el Consejo de Seguridad Nacional (NSC siglas en inglés) que incluye a las cabezas del Pentágono y la CIA y asesora directamente al presidente, calificó en los últimos años al régimen de Maduro como una amenaza seria a la seguridad nacional de EE. UU. debido a que cruzó lo que en el NSC se consideró el umbral de riesgo tolerable.
Así las cosas, se colige que lo que en realidad detonó la quirúrgica intervención en Venezuela no fue tanto el narcotráfico ni el petróleo, sino la convergencia en un mismo territorio con costas sobre el mar Caribe, de tres de los principales adversarios del poder de EE. UU. en el mundo: China, Irán y Rusia,
La influencia china en el vecino país pasó de ser económica y comercial a una presencia cada vez más amenazante. Había tomado control de la extracción de minerales estratégicos (tantalio, cobalto, tierras raras) directamente en las minas del Arco Minero del Orinoco. Minerales estos que alimentan la cadena de producción de armas del propio Pentágono. Hay que tener en mente que, en abril de 2025, China restringe exportaciones de tierras raras en represalia por aranceles de EE. UU. demostrando así que estaba dispuesta a usar la cadena de suministros como arma geopolítica.
En cuanto al recientemente bombardeado Irán, este había instalado fábricas de drones militares con capacidad ofensiva para alcanzar la Florida desde el Caribe, no principalmente para vender dichas armas sino para producirlas a 1.200 millas del territorio continental estadounidense. A su turno, Rusia había desplegado asesores militares para entrenamiento técnico incluyendo inteligencia de combate. También había suministrado sistemas antiaéreos y radares que resultaron impotentes dado el corte de la energía y el insuficiente entrenamiento de los operadores frente a la simultánea cantidad de aeronaves norteamericanas.
El hecho es que el umbral de riesgo tolerable se consideró roto, especialmente por el Pentágono, organismo que opera con base en la proyección de las amenazas. Y comenzando el 2026 Venezuela era ya un punto de intersección entre recursos estratégicos, infraestructura militar adversaria y redes logísticas fuera de control propio. Lo cierto es que los EE. UU. no querían solo controlar recursos petroleros y combatir el narcotráfico sino empezar a desmantelar amenazas y forzar al régimen venezolano a prescindir de agentes de China, Rusia, Irán y Cuba.
Ahora bien, a juzgar por las declaraciones que hasta ahora han venido dando tanto el presidente Trump como el secretario de Estado Marco Rubio, se deduce que lo prioritario no es la resolución del arraigado y prolongado conflicto político de Venezuela cuya solución requiere unas negociaciones que inequívocamente conduzcan a una transición política gradual y sostenible bajo el marco de un estado de derecho en democracia.
Y esta menor prioridad no favorece los intereses nacionales de Colombia encabezados por el de la seguridad y control territorial de la amplia frontera con Venezuela, amenazada de tiempo atrás por el Eln y las disidencias de las Farc. También hay que decir que para la administración Trump no es vital una alineación ideológica de los países latinoamericanos con Estados Unidos. Lo realmente importante es la aceptación del nuevo orden y su cooperación en temas estratégicos sin importar quién esté al mando y en qué crea. Por ello, las relaciones han sido fluidas con Sheinbaum, cordiales con Lula, efectivas con Delcy Rodríguez y últimamente en buen tono con Petro.
Dicho lo anterior, es imprescindible para el Estado colombiano replantear la política exterior asumiendo una postura no de confrontación sino de adaptación a la estrategia de EE. UU. Eso sí, haciendo valer nuestros activos geopolíticos empezando por el de la ubicación geográfica con la cercanía del canal de Panamá y las costas en el mar Caribe y en el océano Pacífico, además de la extensa frontera con Venezuela.



