Volver a Santa Marta es sentir tristeza e indignación

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Por Guillo Vives

Soy samario y vivo en Bogotá. Pero cada vez que vuelvo a Santa Marta me invade la tristeza y la indignación.

Una ciudad rodeada de agua, pero muerta de sed.

Ríos hermosos como el Manzanares y el Gaira convertidos en cloacas que terminan en nuestras playas.

Playas contaminadas, erosionadas, cada vez más pequeñas… y aun así vivimos del turismo.

El Rodadero —la bahía de Gaira— ya no es ni la sombra de lo que fue:

saturado de vendedores ambulantes y comercios que invaden el espacio público, exhibiendo mercancías de la puerta para afuera, sin orden ni control.

Edificios de lujo frente al mar, mientras muchas calles siguen sin pavimentar.

El sonido de las olas reemplazado por parlantes a todo volumen.

Un Centro Histórico deteriorado por el ruido, el desorden y el abandono.

Moverse por Santa Marta es resistir:

motos sin luces, semáforos en rojo ignorados, andenes invadidos, cero respeto por el peatón.

Y como si fuera poco, dirigentes que aún creen que organizar Bingos y regalar electrodomésticos es gobernar, subestimando la inteligencia de la gente.

¿Hasta cuándo, Santa Marta?

¿Hasta cuándo, samarios, vamos a normalizar lo inaceptable?