Por: Cesar Lorduy

Cierra los ojos por un momento. Imagina la mañana típica de millones de hogares en Colombia. No suena el despertador automático, sino la voz cálida pero firme de una sola persona que se levanta antes que el sol para ser madre, proveedora y cuidadora, todo al mismo tiempo. Esa mujer que hace malabares con el tiempo y el dinero, que estira un peso para que parezca dos, es la columna vertebral invisible de nuestra sociedad.
Sin embargo, a pesar de sostener el peso emocional y económico de sus familias, el suelo que pisan es frágil, prestado o inexistente. Es hora de hablar de la inmensa paradoja de quienes construyen hogar para otros, pero carecen de uno propio.
Según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2025 (ENDS) , el 51,3% de los hogares en Colombia tienen jefatura femenina. No es un dato menor, representa un incremento drástico del 13,8% frente a lo que veíamos hace apenas una década, en 2015, cuando la cifra de mujeres cabeza de hogar era del 39,6%. Y si miramos hacia el norte, mi bello departamento del Atlántico se alza como el espejo de esta realidad, liderando la estadística nacional con un 53,2% de hogares con esta misma condición.

Pero detrás de estos porcentajes hay niños, hay futuros en juego. El mismo estudio del Ministerio de Salud nos lanza una cifra que debería estremecernos: de los 14’548.813 niños y adolescentes menores de 18 años que habitan este país, el 39,9% viven solo con su madre. En contraste, el 43,5% conviven con ambos padres y un 16,6% restante con otros familiares. Dicho en términos más contundentes: cuatro de cada 10 menores de edad en el país tienen en su mamá su única brújula, su única fuente de sustento y su única figura de crianza. Apoyarlas a ellas es la estrategia más directa para salvar la infancia del país.
Sin embargo, la sociedad parece castigar esta valentía con barreras estructurales. La ENDS revela una brecha dolorosa: mientras el 70,9% de los hombres gozan de un empleo formal, este privilegio es casi un lujo para las mujeres, alcanzando solo al 38%. La mayoría son empujadas y condenadas a la informalidad para poder cumplir con la doble jornada.
Prueba de ello es la ‘Cartilla para la inclusión del enfoque de género’ de ONU Mujeres y USAID , que señala que el 85,5% de los hogares monoparentales (conformados por solo uno de los padres) están formados por una madre y sus hijos. Allí no hay una pareja que comparta la carga, la jornada laboral se suma a la jornada de cuidado no remunerado, sin relevos ni descansos.
Esta es una historia que se repite generación tras generación, como una herencia de soledad y esfuerzo. Tan contundente es esta realidad que, según la ENDS, el 85,3% de las encuestadas reportaron que su infancia estuvo bajo el cuidado exclusivo de su mamá, y en el 7,7% de los casos, de la abuela. Es decir, en el 93,1% de los casos, el cuidado en Colombia ha tenido rostro de mujer.

Esta acumulación de desventajas – mayor carga de cuidado, informalidad laboral y falta de redes de apoyo – desemboca en un destino desolador: según la Encuesta de Calidad de Vida del DANE , el 42,2% de los hogares con jefatura femenina se consideran pobres. Pobres y, en muchos casos, sin un techo seguro.
Sin hogar
Un elemento clave para la construcción de la autonomía de las mujeres cabeza de hogar es el acceso a la propiedad, a ese terruño, a ese techo en el que puedan resguardar el futuro de sus hijos.
Sin embargo, la realidad, nuevamente las golpea. La ENDS indica que el 84,3% de las mujeres entre 13 y 49 años que no tienen pareja no posee ninguna propiedad. Y quienes tienen un techo, muchas veces viven en condiciones inadecuadas. Según el DANE, el 25,4% de los hogares con jefatura femenina se encuentran en déficit habitacional. Para ser más claros: una de cada cuatro viviendas de madres cabeza de hogar no cuenta con las condiciones adecuadas para su habitabilidad.
Y en la ruralidad, la deuda histórica es aún mayor: el proyecto Rutas del Conflicto señala que “solo el 1 % de los predios mayores a 200 hectáreas están en manos de las mujeres. Además de tener un limitado acceso a la tierra, los terrenos que ellas poseen son menos fértiles y están lejos de centros poblados” .
Ante este panorama desolador, la indignación debe transformarse en acción. Es urgente tramitar un proyecto de ley de “Vivienda Violeta”, para mencionar el color que normalmente se asocia a la mujer, aunque en realidad debería ser “Vivienda tricolor”, porque el interés supremo de las madres cabeza de hogar es un asunto de país.
Propongo un proyecto diseñado específicamente para romper el ciclo de pobreza de las madres cabeza de familia. Esta ley debe crear una línea de subsidio de vivienda de interés prioritario (VIP) y social (VIS) y una línea de crédito que no exija los mismos requisitos que la banca tradicional. ¿Por qué no pensar que el Estado pueda servir de fiador solidario para aquellas mujeres que, siendo trabajadoras incansables, son rechazadas por el sistema financiero por no tener una nómina fija?
Además, este proyecto de ley debe incluir un componente de habitabilidad productiva. No basta con entregar cuatro paredes; la vivienda debe ser un activo que genere ingresos. Los diseños de estos proyectos de vivienda focalizados deben contemplar espacios mixtos que permitan a las madres ejercer actividades económicas (comercio, confección, servicios) desde su hogar, facilitando esa conciliación casi imposible entre generar ingresos y cuidar a sus hijos.
¿Por qué no pensar en que el subsidio cubra el 100% de la cuota inicial y ofrecer tasas de interés preferenciales subsidiadas por el Estado, reconociendo que la inversión en la vivienda de una madre es, en realidad, una inversión en la estabilidad de la próxima generación de colombianos?
Son mujeres que trabajan jornadas extras, mujeres que cuidan, que sanan y que superan adversidades titánicas. Pero también, muchas de ellas, son mujeres que construyen hogar sin tener uno propio. Es hora de saldar la deuda histórica, de darles el suelo firme que se han ganado a pulso para que dejen de vivir en la incertidumbre. Es un imperativo moral y social: no queremos más mujeres cabeza de hogar, sin hogar.



