El riesgo legal de contratar influenciadores: puede haber multas por publicidad engañosa

El marketing con influenciadores es hoy una herramienta clave para vender, posicionar productos y acercar las marcas a comunidades digitales.
Sin embargo, su crecimiento también exige más responsabilidad.
Cuando una empresa paga, entrega productos, ofrece beneficios, comisiones, descuentos o cualquier incentivo a un creador de contenido, esa relación debe informarse de manera clara al público.
Esto debido a que el usuario podría creer que se trata de una opinión personal cuando, en realidad, hay un vínculo económico detrás.
Por eso, la transparencia no es un detalle menor: protege al consumidor, evita riesgos legales y cuida la reputación de la marca.
En Colombia, este ecosistema está sujeto a la vigilancia de la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC), bajo la Ley 1480 de 2011, que extiende la regulación a influenciadores, en términos de propender una vigilancia a la comunicación transparente.
“En redes sociales, una marca no debería preguntarse solo cuántas personas verán una publicación, sino qué tan claro, honesto y verificable será el mensaje que reciban”, explica Patricia Larrarte Castañeda, docente del programa virtual de Marketing de Negocios de Areandina.
Uno de los errores más comunes es contratar influenciadores solo por su número de seguidores. Una comunidad grande no siempre significa impacto real.
También es riesgoso elegir perfiles sin conexión con el producto o servicio. Cuando el público percibe que el influenciador no usa, no entiende o no representa lo que promociona, el mensaje pierde autenticidad.
El primer filtro debe ser el “brand fit”, es decir, la coherencia entre marca, creador y audiencia. Una buena campaña no consiste en poner un producto en manos de cualquier persona famosa, sino en encontrar una voz creíble para una comunidad específica.
Antes de publicar, la relación comercial debe quedar establecida por escrito.
El contrato debería definir el tipo de colaboración, los derechos de uso del contenido, los mensajes permitidos, las etiquetas obligatorias, el proceso de revisión previa, las responsabilidades del influenciador y las causales para terminar el acuerdo si hay incumplimientos o conductas que afecten a la marca.
Las etiquetas de identificación deben ser visibles desde el inicio. Expresiones como #Publicidad, #Patrocinado, #Ad o “contenido patrocinado por” no deberían quedar escondidas al final del texto, detrás del botón “ver más” o mezcladas entre muchos hashtags. El
debe entender de inmediato que se trata de publicidad.
Revisión, monitoreo y respuesta oportuna
La transparencia no se limita a poner una etiqueta. La marca también debe revisar qué promete el contenido. Si el influenciador habla de beneficios, resultados, rendimiento, cambios visibles, mejoras económicas, efectos en la salud o experiencias personales, la empresa debe contar con pruebas que respalden esas afirmaciones.
Frases como “el mejor”, “el más efectivo”, “100 % natural”, “libre de tóxicos”, “resultados en pocos días” o “gana dinero rápido” pueden ser problemáticas si no existen estudios, certificaciones, fichas técnicas, investigaciones de mercado o soportes verificables que lo sustenten. La rigurosidad de esta validación es especialmente importante en el entorno digital: la SIC ha ratificado multas superiores a $800 millones de pesos a empresas por difundir promesas de ganancias sin un soporte probatorio verificable.
“La creatividad es valiosa, pero no puede reemplazar la evidencia. Un claim llamativo puede generar clics, pero si la marca no puede demostrarlo, el mensaje se convierte en un riesgo y una práctica de publicidad engañosa”, advierte Larrarte.
Una práctica útil es entregar al creador de contenido una lista de afirmaciones aprobadas y otra de frases prohibidas definidas previamente por la marca. También se debe confirmar que los testimonios sean reales. Si el influenciador dice que usó un producto o vivió una experiencia, la marca debe asegurarse de que eso sea cierto.
Además del contrato celebrado entre la marca y el influenciador, toda empresa debería tener un protocolo interno. Antes de publicar, se revisan guiones, claims, etiquetas, piezas gráficas, uso de inteligencia artificial, derechos de imagen y coherencia con la marca. Durante la campaña, se monitorean comentarios, reclamos, menciones y cumplimiento de etiquetas. Después, se archivan enlaces, capturas de pantalla, métricas, historias, reportes y evidencias.
La gestión de comentarios también es clave. Si un usuario presenta una queja, la marca no debería borrarla solo porque incomoda. Salvo que sea spam, insultante o difamatoria, lo recomendable es responder con respeto, activar servicio al cliente y coordinar con el influenciador una respuesta clara.
“Una campaña responsable no termina cuando se publica el video o la historia. La conversación posterior también hace parte de la experiencia del consumidor y de la reputación de la marca”, agrega la docente de Areandina.
Trabajar con creadores puede ser efectivo si hay estrategia, coherencia y control. No se trata solo de likes o ventas rápidas, sino de construir confianza con mensajes claros, verificables y honestos.
