Silvia Gette: «Lo que no volvería a hacer en mi vida es confiar en tanta gente»

En conversación con Henry Forero Jaramillo, la rectora habla de su decisión de recuperar la obra educativa construida junto a Mario Ceballos Araújo, recuerda su paso por el arte y el Derecho, descarta cualquier regreso a la política y revela la lección más dolorosa que le dejaron los últimos años.
Por Henry Forero Jaramillo
Director de Cuarto Poder – Telecaribe
Hay obras que terminan convirtiéndose en una parte de la vida de quienes las construyeron. Para Silvia Gette, la universidad que levantó Mario Ceballos Araújo, su esposo durante muchos años, pertenece a esa categoría.
Mucho tiempo después de aquellos años de crecimiento, expansión y proyectos académicos, Gette vuelve sobre una historia que considera inconclusa. Su propósito, asegura, es recuperar una institución que encontró “muy triste, muy saqueada” y devolverle el espíritu con el que fue concebida.
—¿Por qué insistir en la universidad, doctora Silvia?
La respuesta llega inmediatamente a Mario Ceballos Araújo.
“Tú sabes perfectamente, como sabe todo Barranquilla y todo Colombia, que esta universidad la hizo Mario Ceballos Araújo.”
Gette recuerda que, después de la muerte de su esposo, había recorrido prácticamente todos los cargos de la institución. Esa experiencia llevó al consejo directivo y a la sala general a considerar que podía asumir la rectoría.
Ella hace una precisión que todavía hoy parece importante:
“Por supuesto que al doctor Mario no se lo podía reemplazar, pero sí ejercer el cargo y seguir con la misma filosofía que tenía el doctor. Y así lo hice.”
De ocho mil a catorce mil estudiantes
Cuando asumió la rectoría, recuerda, la institución tenía alrededor de ocho mil estudiantes. Para 2013 la cifra había llegado a unos catorce mil.
En aquellos años se desarrollaron nuevos proyectos, infraestructura, programas e incluso una experiencia universitaria en Miami que Silvia Gette recuerda especialmente.
“Yo fui la primera persona que, digamos, la primera universidad que logró llegar a Miami, porque ninguna universidad en Colombia había llegado a Miami y yo lo logré.”
Su proyecto, dice, era presencial, a diferencia de algunas experiencias virtuales que posteriormente han desarrollado otras instituciones.
¿Volvería a intentarlo?
No titubea.
“¿Y por qué no? ¿Por qué no la puedo hacer?”
Sin embargo, antes de pensar nuevamente en una expansión internacional, reconoce que existe una prioridad mucho más inmediata: recuperar la universidad en Barranquilla.
“La encontré muy, muy triste, muy saqueada, con las propiedades que ya la universidad no tiene. Primero hay que recuperar acá y después irse para otro lado.”
Cuando se le pregunta por qué una institución que había alcanzado semejante desarrollo terminó deteriorándose, su respuesta es severa.
“La gente que estuvo después de mi persona no tenía sentido de pertenencia, no les interesaba. Lo único que querían era ver cómo sacaban provecho de la universidad.”
Dice que conocer lo que estaba ocurriendo le producía una enorme tristeza.
Antes de la universidad estuvo el arte
La historia de Silvia Gette, sin embargo, no comenzó en los pasillos universitarios.
A los 18 años quería ser abogada, pero antes de que el Derecho apareciera definitivamente en su vida estuvo el arte.
Estudió danza desde los tres años. También teatro. Recuerda haber quedado fascinada alguna vez frente a un espectáculo de ballet y que su madre la acompañó desde pequeña en esa inclinación artística.
El arte, asegura, terminó teniendo una consecuencia decisiva en su vida.
“Tengo que agradecerle mucho al arte porque gracias al arte yo llegué acá, yo conocí a Mario Ceballos, me casé y tuve una vida maravillosa con él.”
Con el paso de los años entendió que aquella había sido una etapa cumplida.
Después llegó el Derecho. Estudió en la Universidad Simón Bolívar y continuó su formación académica con especialización, maestría y doctorado.
Nunca tuvo, sin embargo, la intención de dedicarse a ejercer como abogada.
“Ya son otras etapas en la vida.”
Una sola obsesión: recuperar la obra de Mario Ceballos
No habla de cansancio cuando se le pregunta por el momento de la vida en el que se encuentra.
Su preocupación está en otro lugar.
Quiere devolverle continuidad a una obra que considera parte del legado de su familia.
“Yo lo único que quiero es sacar adelante esta obra, darle la ilusión a mis hijos de ver la estatua de su papá en la universidad, de estar estudiando unas carreras bonitas.”
Y resume su propósito en una frase:
“Yo lo que quiero es que la obra de Mario Ceballos no termine nunca.”
“Jamás voy a estar en política”
También existe una historia alrededor de su supuesta incursión en la política.
Silvia Gette la desmiente.
Asegura que nunca fue política ni tuvo una decisión definitiva de entrar en ese mundo.
“Me acercaron y me pareció bonito porque me homenajeaban tanto, me decían que podía hacer cosas, pero yo nunca me inscribí.”
Le planteo entonces una disyuntiva:
—¿A estas alturas de la vida, nombrable o elegible?
La respuesta es absoluta.
“Ni nombrable ni elegible, porque jamás voy a estar en política.”
Su terreno, insiste, es otro.
“Para mí es la educación y sacar esta obra adelante. Eso es lo único que me interesa.”
La educación como camino
Silvia Gette mantiene una mirada optimista sobre las nuevas generaciones.
No comparte la idea de que los jóvenes de hoy necesariamente estén peor preparados para enfrentar la vida.
Cada época, dice, tiene su propia música, sus actividades, sus formas de expresarse y sus maneras de comprender el mundo.
“Cada etapa en la vida tiene su momento y cada uno tiene que disfrutar y vivir el momento que le tocó vivir.”
Pero hay algo que para ella permanece: la educación.
La considera el camino fundamental para construir un país y atribuye una enorme responsabilidad a quienes tienen la misión de formar a los jóvenes.
La pregunta final
La conversación termina alejándose de universidades, cargos, política, títulos académicos y proyectos.
Le tengo una pregunta personal:
—¿Qué no haría de lo que hizo en su vida?
Silvia Gette guarda en su respuesta quizá la confesión más profunda de toda la conversación.
“Confiar en tanta gente.”
La experiencia, dice, le enseñó que hay que observar mejor a las personas.
“Uno tiene que mirar a los ojos a las personas y evaluarlas, y saber con qué personas uno cuenta.”
—¿Y aprendió a mirar a los ojos, a leer los ojos?
—Sí, aprendí.
—¿Doloroso?
“Doloroso, doloroso y doloroso, pero aprendí.”
Queda entonces una última pregunta: si después de todo lo vivido podría repetirse la historia.
Su respuesta ya no es la de la rectora, la abogada o la mujer vinculada durante décadas a una institución educativa.
Es simplemente la de alguien que ha aprendido a desconfiar sin querer renunciar completamente a la esperanza.
“Dios permita que me dé las luces suficientes para poder leer en los ojos las intenciones de las personas.”
Y tal vez allí esté también la verdadera historia de su regreso.
No solamente en reconstruir edificios, recuperar programas o volver a llenar salones de estudiantes, sino en intentar levantar nuevamente una obra después de haber aprendido —dolorosamente— que construir instituciones también significa saber escoger con quién se construyen.
Este trabajo fue preparado con asistencia de Inteligencia Artificial, bajo la supervisión del periodista Jorge Medina Rendón, director de lagrannoticia.com
