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Ciudades

Partículas invisibles causan más de 1.100 muertes al año en Bogotá

AutorRedacción LGN
8 de septiembre de 2026 · 11:18 p. m.|4 min de lectura|
Paisaje Bogotá

Hay días en los que respirar en Bogotá es difícil y la razón no tiene que ver con el clima ni con la altura, sino con su contaminación.

Existe un tipo de material particulado llamado PM2.5, que es capaz de atravesar las defensas de las vías respiratorias y llegar hasta los alvéolos pulmonares. En ocasiones, algunas de estas partículas pueden afectar también el sistema cardiovascular. Sin embargo, lo inquietante de todo es que no afecta del mismo modo en toda la urbe.

El problema no se distribuye de la misma manera por toda la ciudad. “La exposición depende del lugar donde se vive, de la actividad laboral y de la capacidad que tiene cada persona para protegerse”, explica Carlos Duvan Páez, docente de la Maestría en Salud Pública de la Fundación Universitaria del Área Andina en Bogotá.

En el suroccidente, la concentración de fuentes contaminantes y determinadas condiciones geográficas y meteorológicas pueden aumentar la exposición. Localidades como Kennedy, Bosa, Puente Aranda y Ciudad Bolívar conviven con corredores de transporte de carga, actividad industrial y un intenso flujo vehicular. La distribución urbana de estas actividades ha contribuido a que algunos sectores soporten una mayor carga ambiental.

A esto se suman fenómenos que dificultan la dispersión de los contaminantes. Durante noches despejadas, el suelo pierde calor y puede formarse una capa de aire frío cerca de la superficie, cubierta por otra más cálida. Esta inversión térmica limita el movimiento vertical del aire y mantiene durante más tiempo el humo y los gases cerca del suelo, justamente donde se encuentran peatones, ciclistas y trabajadores que desarrollan sus actividades en el espacio público.

La contaminación de Bogotá tampoco se origina exclusivamente dentro de la ciudad. Los incendios forestales regionales pueden transportar humo y partículas a través de las corrientes de viento. La ubicación de la capital, en una cuenca rodeada por montañas, puede favorecer la acumulación de estos contaminantes cuando las condiciones atmosféricas dificultan su dispersión.

El impacto sobre la salud va más allá de los episodios de contaminación más visibles. La exposición a material particulado y otros contaminantes, como el dióxido de nitrógeno y el dióxido de azufre, puede agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Las personas con asma o EPOC, los adultos mayores y otros grupos vulnerables pueden enfrentar un mayor riesgo durante los períodos de mala calidad del aire.

Según el insumo, la contaminación atmosférica está asociada con más de 1.100 muertes anuales en Bogotá. Pero el impacto sanitario también aparece en consultas de urgencias, hospitalizaciones y complicaciones de enfermedades que no siempre quedan identificadas en los registros como relacionadas con la contaminación.

El costo no se limita a las muertes. También existe una carga de enfermedad que termina absorbiendo el sistema de salud y que pocas veces se relaciona de manera directa con el lugar y las condiciones de exposición de las personas”, señala el docente.

Más allá de las restricciones temporales

Durante una alerta ambiental pueden adoptarse medidas para reducir temporalmente las emisiones, pero estas no necesariamente resuelven las causas estructurales. Reducir la circulación de determinados vehículos puede ayudar a disminuir un pico de contaminación; transformar el transporte de carga, renovar flotas contaminantes o fortalecer el control de emisiones industriales exige decisiones de mayor alcance.

Para quienes están expuestos, las recomendaciones inmediatas incluyen evitar el ejercicio intenso al aire libre durante las horas de mayor contaminación, ventilar las viviendas cuando la calidad del aire mejore, evitar el tabaco y, en personas con asma o EPOC, mantener disponibles los medicamentos formulados. Los tapabocas con capacidad de filtrar partículas finas también pueden reducir la exposición.

Sin embargo, Páez advierte que no todas las personas pueden simplemente permanecer en casa o dejar de trabajar en la calle cuando empeora la calidad del aire. Por eso, las medidas individuales deben acompañarse de políticas que reduzcan la contaminación desde sus fuentes y tengan en cuenta las diferencias entre los territorios.

La discusión también cambió con la evidencia científica. En 2021, la Organización Mundial de la Salud actualizó sus recomendaciones sobre calidad del aire y redujo los niveles considerados aceptables para varios contaminantes frente a sus guías anteriores. El cambio reflejó una mayor evidencia sobre los efectos que puede producir incluso una exposición prolongada a concentraciones relativamente bajas.

Para Bogotá, el desafío no consiste únicamente en reaccionar cuando aparece una alerta. También implica anticipar los episodios de contaminación, identificar a las poblaciones más expuestas y reducir de manera sostenida las fuentes que deterioran el aire. Porque el problema no termina cuando el cielo vuelve a verse despejado: parte de la exposición acumulada permanece en la salud de quienes respiran ese aire todos los días.

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