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La Distopía de un Mundo sin Petróleo

AutorAmylkar D. Acosta Medina
1 de noviembre de 2026 · 3:46 p. m.|9 min de lectura
CARICATURA OIL
Columna de opiniónAutor invitado
Amylkar D. Acosta Medina

Amylkar D. Acosta Medina

Economista, Ex ministro de Minas y Energía, ex Presidente del Congreso de Colombia, docente e investigador.

Exministro de Minas y Energía

Por Amylkar D. Acosta Medina *

LAS TRANSICIONES NO SE DECRETAN

El auge de la industria del petróleo estuvo precedido por la primera Revolución Industrial, impulsada por la máquina de vapor y el carbón. Posteriormente, la invención y expansión del motor de combustión interna le abrieron paso al petróleo, que adquirió un protagonismo creciente sin que ello significara la desaparición del carbón. Desde entonces, la historia de la energía ha sido una historia de transformaciones, pero también de coexistencia entre las distintas fuentes que la suministran.

La crisis energética desatada a raíz de la guerra del Yom Kipur, en octubre de 1973, puso de manifiesto los riesgos de depender excesivamente del petróleo y de un reducido número de proveedores. En aras de garantizar su seguridad energética, las grandes potencias impulsaron la diversificación de sus matrices. El gas natural ganó terreno y el carbón empezó a vivir la que he llamado su segunda juventud. Estas tres fuentes primarias de energía, todas ellas de origen fósil, sumadas participan con el 87% de la matriz energética y siguen siendo los principales pilares de la economía global.

Conviene recordarlo ahora, cuando con tanta frecuencia se plantea la posibilidad de prescindir del petróleo y del gas natural en un futuro cercano, como si bastara con anunciarlo para hacerlo posible. Aunque semejante aspiración pueda estar inspirada en un legítimo propósito ambiental, desconoce las realidades tecnológicas, industriales y económicas que sostienen la vida contemporánea. Es iluso creer que podemos prescindir prematuramente del petróleo y es voluntarista pretender que una decisión política puede suplir las alternativas que todavía no están disponibles a la escala requerida.

Las transiciones energéticas no se decretan: se construyen. Confundir el destino al que se quiere llegar con las condiciones necesarias para alcanzarlo puede acercarnos más a una distopía que a un futuro sostenible. Es imposible llegar a la tarde sin pasar por el mediodía. No por mucho madrugar amanece más temprano

MUCHO MÁS QUE COMBUSTIBLES

El petróleo y el gas natural no solo suministran buena parte de la energía que mueve al mundo. También aportan materias primas e insumos para miles de procesos y productos de uso cotidiano y para actividades disímiles de las cuales dependen la salud, la alimentación, la industria y la tecnología.

Su presencia y su necesidad se extienden desde los fertilizantes y las fibras sintéticas hasta las pinturas, los detergentes, los empaques y los materiales utilizados en computadores y teléfonos celulares. En el sector de la salud, sus derivados intervienen en la fabricación de numerosos medicamentos, jeringas, guantes quirúrgicos, prótesis, dispositivos de diagnóstico y otros elementos indispensables para la atención de los pacientes. El principio activo de analgésicos y antiinflamatorios como el paracetamol (acetaminofén), el ibuprofeno y la aspirina (ácido acetilsalicílico), por ejemplo, se obtienen a partir de compuestos petroquímicos. 

La Distopía de un Mundo sin Petróleo

Por ello, reducir el debate sobre el petróleo al combustible que se quema en el motor de un vehículo es quedarse viendo el árbol e ignorar el bosque. Sustituir un automóvil de combustión interna por uno eléctrico no resuelve, por sí solo, la dependencia de la sociedad respecto de los hidrocarburos.

Paradójicamente, las propias tecnologías llamadas a liderar la Transición energética requieren materiales derivados de los hidrocarburos y utilizan combustibles fósiles en distintas etapas de su fabricación, transporte e instalación. Los paneles solares, las turbinas eólicas y las baterías no aparecen por generación espontánea: detrás de ellos hay minería, procesos industriales, cadenas logísticas e infraestructura.

Pretender prescindir prematuramente del petróleo, sin haber desarrollado sustitutos suficientes para sus múltiples usos, equivale a desmontar los soportes de una estructura antes de terminar de construir los que habrán de reemplazarlos. Sería tanto como derruir un puente antes de pasar por él!

DESCARBONIZAR EXIGE ALTERNATIVAS

La necesidad de enfrentar el cambio climático y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) no admite evasivas. Precisamente por ello, la Transición energética debe abordarse con seriedad, sustento científico y sentido de la realidad. Su éxito depende de la capacidad efectiva de transformar los sistemas de producción y consumo. Es más, antes de limitar la oferta para lograr el cometido de reducir su participación en la matriz energética, es preciso reducir la demanda y lejos de ello los registros lo que muestran es que el consumo sigue creciendo. 

La tarea consiste en diversificar la matriz energética, ampliar las fuentes de bajas emisiones, electrificar los usos en los que ello resulte viable y mejorar la eficiencia energética. Al mismo tiempo, exige reducir las emisiones de las actividades que seguirán utilizando hidrocarburos y desarrollar alternativas para aquellos procesos en los que su sustitución continúa siendo difícil o imposible por ahora.

Durante años, y en determinados usos durante décadas, el mundo seguirá necesitando petróleo y gas natural. Reconocerlo obliga a administrar responsablemente esa dependencia y a trabajar para reducirla. Negarla, en cambio, conduce a formular políticas sobre una realidad imaginaria.

El voluntarismo no produce energía, no fabrica sustitutos ni garantiza el abastecimiento. Entre la voluntad de cambiar y la posibilidad de hacerlo median inversiones, infraestructura, innovación, tiempos de maduración tecnológica y capacidades productivas. Pasar por alto estas condiciones puede terminar desacreditando la propia Transición.

SIN SEGURIDAD ENERGÉTICA NO HAY TRANSICIÓN SOSTENIBLE

La historia demuestra que ninguna gran Transición energética ha supuesto la desaparición inmediata de la fuente que la precedió. La leña no desapareció con el carbón; el carbón siguió utilizándose con la irrupción del petróleo y el crecimiento de las energías renovables tampoco determina, por sí solo, la desaparición de los hidrocarburos.

Hoy el mundo enfrenta un doble desafío: descarbonizar la economía y garantizar la seguridad energética. Ambos objetivos deben avanzar de la mano. Hay que caminar con los dos pies. Una Transición a tontas y a locas, sin suficiente infraestructura, almacenamiento, redes eléctricas y capacidad de respaldo, puede comprometer la confiabilidad del suministro, encarecer la energía y afectar la competitividad.

La seguridad energética es un pilar esencial de la seguridad nacional. Ningún país puede darse el lujo de comprometer la continuidad del abastecimiento que requieren los hogares, los hospitales, el transporte y el aparato productivo. La expansión de las fuentes renovables debe acompañarse de sistemas capaces de responder cuando su generación disminuya y de atender aquellos usos que todavía no pueden electrificarse de manera viable.

La Transición será sostenible en la medida en que sea técnica y económicamente viable, socialmente justa y ambientalmente responsable. Si se traduce en desabastecimiento, tarifas prohibitivas o pérdida de empleos sin alternativas, terminará erosionando el respaldo ciudadano que se necesita para avanzar.

COLOMBIA NO PUEDE DAR UN SALTO AL VACÍO

En Colombia, este debate tiene implicaciones que van mucho más allá del suministro de energía. Los hidrocarburos aportan divisas, ingresos fiscales, regalías y recursos con los cuales se financian programas sociales e inversiones en los territorios. Siguen siendo la principal fuente de financiamiento, no sólo de la Nación sino de las entidades territoriales, que tienen en el Sistema General de Regalías (SGR) su única fuente segura de financiamiento para sus planes de inversión. Es más la propia Transición energética requiere su financiamiento y por ahora el Estado no cuenta con una fuente alterna equiparable a esta. 

Renunciar prematuramente a su exploración y producción, sin contar con alternativas capaces de sustituir esos aportes, puede debilitar las finanzas públicas, aumentar la dependencia de las importaciones y agravar el desequilibrio externo. La demanda interna no desaparece porque se restrinja la oferta nacional. Si el país deja de producir los combustibles y el gas que todavía necesita, tendrá que comprárselos a otros, que es lo que ha venido sucediendo con las crecientes importaciones de gas natural desde diciembre de 2024!

Y sustituir producción nacional por importaciones no equivale, por sí mismo, a descarbonizar la economía. Puede significar, simplemente, trasladar la producción, el empleo y los ingresos al exterior, mientras Colombia conserva su consumo y asume una mayor vulnerabilidad frente a los precios y al abastecimiento internacional. Y de contera, como ocurre con las importaciones de gas natural, se incurre en mayor emisiones pues su transporte se da en embarcaciones que dejan tras de sí su huella de carbono a lo largo del trayecto desde la fuente de suministro hasta el puerto donde lo recibe la estación regasificadora.

Resulta, por lo tanto, iluso suponer que basta con cerrarles el paso a los hidrocarburos para abrirles automáticamente el camino a las energías renovables. Una cosa no trae consigo la otra. La nueva capacidad energética hay que planearla, financiarla, construirla y ponerla en operación.

Colombia necesita acelerar la diversificación de su economía y de su matriz energética. Justamente por ello, debe aprovechar con responsabilidad los recursos disponibles para fortalecer sus capacidades productivas y financiar su transformación. Dar un salto al vacío difícilmente puede considerarse una política de Transición.

EL PRAGMATISMO DEBE PREVALECER SOBRE LOS DOGMAS

La discusión responsable exige establecer cómo reducir progresivamente la dependencia de los hidrocarburos, cómo sustituir sus distintos usos y cómo aprovechar racionalmente los recursos existentes mientras se dispone de esas alternativas.

El futuro requiere ciencia, innovación, inversiones y políticas coherentes. También exige reconocer que los tiempos de la transformación tecnológica y productiva no siempre coinciden con los calendarios políticos. La urgencia climática demanda acelerar el paso, pero acelerar exige remover obstáculos y construir capacidades. De otro modo se repetiría el desaguisado del anterior gobierno, acelerando en neutro.

Prescindir prematuramente del petróleo, sin disponer de sustitutos suficientes, accesibles y confiables, sería un ejercicio de voluntarismo de enormes consecuencias económicas y sociales. La escasez y el encarecimiento de los bienes esenciales golpearían con mayor fuerza, como suele ocurrir, a quienes menos tienen.

La Transición energética debe mejorar la vida de la población y ampliar sus oportunidades. No puede edificarse sobre el desabastecimiento ni sobre el sacrificio de su bienestar. De allí que el pragmatismo y la evidencia deban prevalecer sobre los dogmas.

Hay que construir las condiciones para necesitar cada vez menos petróleo. Pretender prescindir de él antes de haberlas construido es confundir los deseos con la realidad. Solo evitando esa confusión impediremos que el ideal de un mundo más sostenible termine convertido en la distopía de un mundo privado de la energía, los materiales y los insumos que todavía sostienen su funcionamiento.

*Ex ministro de Minas y Energía, Miembro de Número de la ACCE, Investigador Docente de la Universidad Externado de Colombia.

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